martes, 23 de agosto de 2011

Cielo de Incineración - Parte 1 (2009)

Cielo de Incineración

                Si tuviera que elegir un elemento para representar mi vida, este sería, más allá de cualquier sombra de duda, el fuego. El día que nací, según contaba mi madre, el cielo de Mar Sara estaba repleto de explosiones brillantes y de ráfagas multicolor. Ella me decía que así se había celebrado mi bienvenida al mundo y que cuando viera de nuevo esos fuegos artificiales, debería recordar que yo estaba vivo y eso era suficiente para ser feliz, por lo menos, así era para ella.   Pero, pronto descubrí, al enrolarme en el ejército confederado, que lo único que se celebra en el Sector Kropulu era el comienzo, o el fin, de alguna guerra.

                Más allá de mis memorias, el fuego era parte y arte de mi vida como soldado. Casi todo tenía que ver con él y mis acciones estaban programadas para manejarlo; bajo fuego; irme a cubierto, fuego a discreción; disparar a los enemigos más cercanos, alto al fuego; volver a la calma, fuego cubierta; descargar todo el cartucho en una dirección y fuego amistoso; maldecir mí suerte.

                Un viejo proverbio reza: “cenizas somos y cenizas nos volveremos, del fuego venimos y a él retornaremos”. De esta forma está escrito en los libros antiguos y por más que intento eludir ese destino, me doy cuenta que mi camino ya está asfaltado bajo el más duro de los concretos. Así vinieron a mí las llamas, desplegando sus magnificentes alas en un abrazo cegador, reclamando mi alma al limbo y dejando mi mente vagando en un insonoro vacío hasta que…

Ø  “¡Soldado!”.

… el silencio había sido interrumpido. Instantes después, mi corazón volvía a latir aceleradamente y se batía a duelo con el resto de mí cuerpo como si por un momento fuera el único órgano que deseara la vida. Los sentidos regresaban a mí uno a uno. Primero, fue el oído, que de un chillido aturdidor devino a una clara escucha, y pude captar a mí alrededor las palabras…

Ø  “Demonios, está hablando de su madre de nuevo, delira, dejémoslo, es comida de Zerg.” – decía Kain.

Ø  “¡Soldado! ¡No se muera! - repetía el sargento- ¡Esto es una orden! ¿Me escucha? ¡Una orden maldita sea!”

…también podía escuchar las naves surcando el cielo, las explosiones distantes que formaban hongos de arena y polvo y la marcha apresurada de los soldados que cargaban conmigo. Luego, vino a mí el gusto, mi lengua estaba quemada, de tanto haber suplantado comida por cigarrillos, por ser más baratos, más ligeros de llevar y cambiar años de combate por momentos de placer.

Ø  “Es un peso muerto, - comentaba Kain- dejémoslo, los Zerg tomarán su tiempo para devorarlo”.

Ø  “Yo, - enfatizaba el superior al mando - no dejo a nadie atrás. Doc, reporte del scan”.

El tacto se hizo presente, podía sentir mí cuerpo siendo llevado por el suelo, golpeando con mi armadura algunas piedras en el camino. Luego, se detuvieron, dejándome reposar por un momento para el chequeo médico, moviéndome como pude tome mi cabeza instintivamente, dolía, a tal grado que parecía que fuera a explotar y de no tener mí manos ahí, desaparecería.

Ø  El scanner indica que sigue con vida, - dijo Rubí, la doctora del grupo - sólo un poco aturdido, la explosión no fue directa”.

Ø  “El golpe contra el suelo sí lo fue, -contesté yo- doctora".

Finalmente, la vista, mis ojos por momentos sólo podía vislumbrar una pantalla blanquecina que se fue desvaneciendo poco a poco. A través de la exo-armadura de un marine es imposible revisar los signos vitales de una persona, excepto con el scanner, que es una máquina y está sujeta a desperfectos, por lo tanto los doctores en el campo de batalla deben asegurarse de la indicación del scanner abriendo el visor, observando el rostro de la persona directamente y escuchando su respiración. Lo que vi entonces fue el rostro de Ruby, de la doctora, única fémina en el grupo, con un rostro de ángel y cabellos de seda viniendo de esa luz cegadora pues cuando ella me miraba, sentía que era lo más cercano que conocía al amor.

Ø  Está bien, - reportó la doctora - sólo varias contusiones en la caja toráxica, muslos, cráneo y exceso de nicotina, nada que un buen cadete no pueda llevar resistir”.

Ø  Pero… ¿Qué sucedió? Corríamos… y luego la explosión”.

Ø  ¿Cómo puedes ser tan ignorante? –preguntó Kain- La confederación está vacunando toda el área… con ojivas nucleares. Entraste en el área de choque, tuvimos que caminar buena distancia para recogerte”.

Ø  La evacuación no está lista ¿Por qué harían eso?

Ø  No, –respondió Kain- la pregunta es ¿Por qué no lo harían?  Ellos saben que Mar Sara está perdida, ¿acaso no estuviste ahí cuando llegaron en millones esas cucarachas sobrealimentadas? ¿Por qué no simplemente aprovechar que están reunidas y tomar las bombas del sector y desatarlas? A ver qué tan efectivo resulta”.

Ø  “¡Porque estamos aquí y seguimos con vida, igual que otros!”

Ø  “La confederación sólo le responde a la prensa, pueden decir que no había sobrevivientes, qué acabaron con todas las alimañas que pudieron y será suficiente para que todo el maldito universo duerma de noche en calma”

Ø  “¡Kain, deje el lenguaje inapropiado! ¡O me veré obligado a mostrarle las consecuencias de hablar mal a tus superiores!”

Ø  “¡Ja! ¿Algo peor que ser devorado vivo?”

Ø  “Sí,- respondió el superior al mando-  la ley marcial, y aquí, yo soy la ley”

Me levanté, molesto nuevamente ante Kain y su horrible manera de ver las cosas, y miré alrededor, conocía este lugar, estos territorios áridos y desérticos, sabía la ciudad encontrada en el horizonte, conocía esas lunas, la composición de las estrellas que adornaban el cielo, esos vientos calmados e intermitentes, esos lares tan familiares y comunes: Mar Sara, mi hogar, por primera vez de vuelta en casa y sin siquiera poder tomar de ella una postal. Los Zerg habían invadido el planeta en masa, como una ola de monstruos devoradores e indetenibles y nada pudimos hacer para detenerlos.  

Sólo quedábamos cinco de nosotros. Desgastados, hambrientos y desesperados. Sólo el viejo sargento, terco como él solo, nos mantenía unido como grupo, de lo contrario, Kain, criminal del programa de reintegración social-militar, hace tiempo hubiera escapado por su cuenta a toda costa, la doctora hubiera tomado las pastillas de cianuro, yo sería una víctima más en la carnicería y el silencioso Xack, el silencioso Xack... sinceramente, no sé qué hubiera hecho.

Ø  Muy bien, - dijo el sargento- bienvenido de vuelta al mundo de los vivos soldado, ya que todo está perfecto orden podemos repasar el plan”.

Ø  “¡No! ¡No! ¡Nada está en perfecto orden, vamos a morir miserablemente en este desierto por acatar órdenes de la confederación!”.

Ø  Podrías callarte un momento – indicó la doctora- algunos preferimos morir sin quejarnos”.

Kain, envestido en su armadura negra favorita, levantó su mano  enguantada ante la doctora mostrándole el dedo intermedio. El sargento, no pudiendo ignorarlo más, corrió en dirección a Kain y con su hombro lo tiró al piso, luego lo tomó de la armadura y apuntó su rifle contra su cabeza, el rebelde abrió el visor de su armadura y miró al sargento con su rostro pálido y ojos claros.

Ø  “Kain, es la última vez que te lo repito, aquí estás bajo mi mando, basura, esto no es sólo un ejército, esto es un matrimonio: estaremos juntos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, en las buenas y las malas, hasta que la muerte nos separe”.

Ø  “¡Sí! -replicó Kain- ¡De acuerdo!”

Ø  “¿Sí? – preguntó el sargento - ¿De acuerdo? ¿Qué?”

Ø  “Señor, sí, estoy de acuerdo, me callaré, señor”

Esa era la única manera en que Kain jamás se callaría, al menos por un rato. Muchos dicen que la violencia no resuelve nada, el sargento, por el contrario, tras una vida de conquistas, combates y heridas, pensaba que la violencia, al menos, a él le servía. El sargento soltó a Kain sacudiéndolo en el suelo, y por su parte, el rebelde se levantó y pude ver por un momento que trataba de alcanzar su rifle, pero su sentido común no se lo dejaba, el sargento había sobrevivido ciento de escaramuzas ¿por qué no unas cuantas balas? Por otro lado, Xack, en su gigantesca armadura pesada, estaba tranquilo, observando, sin decir una palabra, mientras en sus puños se veían sus incineradores prestos y encendidos. 

Ø  “¿Cuánto tiempo tenemos para que salga el último transporte?- pregunté.

Ø  “Tenemos exactamente dos horas para abordar el último viaje” – calló la doctora.

Ø  Valis, - dijo el sargento- conoces el área, infórmame”.

Ø  “La zona más cercana de evacuación es la colonia principal, estamos a menos de un par de kilómetros y es nuestra mejor apuesta”- recomendé.

Ø  “¡Muy bien,- agregó el sargento - vamos, vamos, vamos! A la colonia.”

Ø  “Esperen,- dijo Rubí- hay más, tenemos compañía…”.

Ø  “¿Compañía? ¿Cómo?” – gritó Kain.

La doctora era la única con el equipo necesario para poder conectarse con las radios y poder seguir las órdenes del magistrado, por eso, dependíamos de ella para seguir instrucciones, ya sabíamos que habíamos perdido, sin embargo, no hasta donde. Rubí señaló el cielo y en la oscuridad nocturna pudimos atestiguar el nacimiento de nuevas estrellas jamás vista antes en el sistema de Chau Sara, eran luminiscencias de un azul rey profundo y mucho más vivas y brillantes que ningún astro, estelas sólo comparables a la propia magna luz del sol. Había escuchado anteriormente de estas luces, pero sólo eran cuestión  de leyenda.

Ø  “Protoss…” -murmuró Xack.

Ø  “¡No sé qué le ven! – gritó Kain- Larguémonos de aquí”.

Rápidamente avanzamos acortando espacio hasta que estuvimos los suficientemente cerca para ver la entrada  y detenernos en seco. La colonia estaba en ruinas, no se veía un alma en absoluto, algo me decía que habíamos llegado un “poco demasiado tarde”. Los edificios se veían agrietados, habían manchas de sangre decorando los alrededores, armas tiradas, cartuchos usados, símbolos de explosiones, pero ni siquiera un sólo cuerpo. No habían desaprovechado nada, cada ser humano, cada cuerpo, cada órgano o hueso había sido lacerado, destrozado, masticado y engullido, pocas veces había visto un escenario de guerra, tan limpio. 

Ø  Levanten sus armas, -indicó el sargento- formen un dado de cuatro alrededor de la doctora”.

Ø  “Están aquí, lo sé, – gritó Kain- ¿Dónde están esas naves?”.

Ø  “Los puertos estelares están en el centro de la colonia”- respondí.

Ø  “Debemos cruzar la ciudad aprovechando la ausencia de Zerg, aunque se escondan” – dijo Rubí.

Ø  “¿Acaso esperas a que lleguemos allá?”

Ø  “Kain, -le dije- nadie espera que lo logremos, pero es nuestra única oportunidad”.

Ø  “Además,- comentó Rubí- en espacios cerrados tenemos más oportunidad de defendernos… ¿Cierto?

Ø  “¿Y qué si ya están todos muertos?”

Ø  “Pues no lo sabremos hasta que lleguemos allá,- habló el sargento- caminen en la formación”

Ø  “Por mí, -murmuró Kain- ya todos estamos muertos

Empezamos a caminar rápidamente a través de las calles de la colonia. Los edificios, las calles y los carros estaban totalmente abandonados.   Las luces de los postes servían parcialmente, encendiéndose y apagándose constantemente. Es mucho más fácil enfrentarse a un enemigo cuando sabes dónde están, pero con los Zerg es diferente, ellos, son depredadores avanzados, saben cómo y cuándo atacar a su presa, saben que el único miedo verdadero, es el miedo a lo desconocido, además, como los perros pueden oler tu miedo y llevarte al pánico mucho antes de que vieras a uno de ellos. Nosotros caminábamos entre las aceras avistando todo nuestro alrededor, pero no había entrenamiento evitara temer de cada esquina, cada ducto de aire, cada caja, cada depósito o puerta donde pudiera haber un enemigo.

Un sonido. Una especie de quejido lastimero. Paramos la marcha, buscamos con las linternas de nuestros rifles y no pudimos ver nada nuevo, más edificios, ventanas rotas y resto de una civilización. De nuevo el sonido, proveniente de una posición a ciento ochenta grados a la anterior. Y  una vez más, dábamos vueltas como tontos, nos estaban rodeando.  El sonido, el chillido, esa manifestación entomológica de grito se presentó, Kain abrió fuego y empezó a disparar, dándole a las paredes, a una luz de un poste y a un carro encendiendo su alarma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario