Al pasar entre los cuerpos danzantes sentí atravesar una clase práctica de anatomía en una forma explícita. Sin el tener el propósito de, toqué de hombres y mujeres sus más característicos rasgos y a nadie le importo cuantos orificios con mis manos se tropezaron. Al salir de entre ellos, caminé para sentarme en el bar, una de las pocas sillas libres en todo el lugar. Los encargados del bar eran hombres jóvenes completamente vestido de negros, de buena musculatura y peinados cortos diseñados de una forma a cuadrada.
“Bar tender…”
Al decir eso, nadie me prestó atención. Escuché al alguien llamar a “Luisito” y el Bar Tender le atendió de manera rápida. Este hombre de –ito no tenía nada, y me parecía una manera ridícula de llamar a una persona. Sin embargo, cuando estás en Roma, debes hacer como los Romanos.
“¡Luis… ito!”
La música estaba demasiado alta, era imposible hablar claramente, tenía que gritar para poder hacerme entender. Varias horas sin beber me había dejado reseco, no sentía ni las fuerzas, ni las ganas o al menos el deseo de gritar. Pero quería emborracharme y quería hacerlo ya y grité.
“¡LUISITO!”
La música paro por un segundo, evidentemente, justamente cuando yo en desaforo con mis pulmones gritaba el nombre del desconocido Bar Tender. La gente se volvió a verme, e incluso Luisito lo hizo.
“… ¡TE AMO!” – alguien gritó para completar mi frase.
Todos me miraban, luego se rieron de mí a carcajadas. Luego, la pausa cuasi-infinitesimal la música se disparó y continúo con la indiferenciable siguiente parte del concierto tecno. Luisito se acercó a mirarme y me dijo.
“Yo también te amo, dime Frank ¿Qué te sirvo?”
Frank no era mi nombre ¿En realidad eso importaba? No, estamos en un puticlub, aquí los nombres no significan nada hasta la siguiente mañana.
“Dame algo de beber”.
“¿Cómo qué Frank?”
Es detestable ser llamado por otro nombre, es casi como perder la identidad propia, como si lo que uno fuera en verdad importase poco y pudiera ser reemplazado en un instante en esa población humana de miles de millones de personas. Y yo era uno de los miles Ricardos y , ahora, también, uno de los miles Franks. En todo caso ¿Qué debía pedir? Pensé en las conversaciones en las que mis amigos hablaban de bebidas: Tequila, Agua Ardiente, Whiskey, Vino, Cognac, Champagne, Cocktails, Cerveza… cada uno el favorito de alguien, cada uno tan insípido en mi banco de memorias y no sabía que decir.
“Solamente, dame… lo más fuerte que tengas” – respondí – “Tráeme la botella entre de lo más fuerte que tengas”.
“¿Estás seguro? Ya sabes lo que pasó la última vez…”
“Deja de joder Luisito, dame lo que te pido”.
“Será tu suicidio entonces, Frank”.
“Yo te invito al entierro Luisito… “
“Siempre que sea un buen ENTIERRO”. – Enfatizó, al mismo tiempo que me preguntaba qué
había en verdad dicho.
había en verdad dicho.
Luis se fue en busca de la bebida. Mi rostro cayó y miré con detenimiento la mesa del bar. Hecha de una madera clara. Alguien había escrito “Yubiri & Washinton Rodríguez por siempre” dentro de un gran corazón. Justo al lado, alguien había dibujado un pene muy peludo, con una cara de sonrisa diciendo “Nunca estarás sólo” y en un costado algunos teléfonos. Estas cosas se habían vuelto parte de la decoración del bar.
No sabía que haría, no sabía que pasaría y menos tenía consciencia de mí. No quería ver nada, sentir nada, sólo deseaba ser realmente miserable hasta que esto desapareciera, un castigo por haber sido un idiota. Tantos momentos con ella que eran parte de mis segundos de reflexión me habían hecho sonreír, en ese momento, ya sólo era recuerdos amargos. Y debo admitir que si vivo es para amar, y si amo es para ser feliz. Y amé con todo mi corazón o así al menos lo sentí cada vez que me esmeraba en detalles para hacerla sentir bien, cada vez que caía desplomada por el mundo traté de levantarla cada vez que mis padres me decían que no era para mí la defendía, cada pequeño error lo pasaba por alto, cada noche que pasamos en vela pues no se sentía lista para por primera vez hacer el amor, toda la pornografía que boté buscando ser un hombre limpio para ella y en cada oportunidad que bailé con ella aunque odiara y detestara hacerlo, todo porque lo que fuera detestable en el pasado, ella lo hacía especial, genial. Lo peor es que el mundo espera que luego de haber comprometido tu consciencia, sentimiento, alma y cuerpo a una persona, al separarte lo aceptes como una común realidad ¡Qué carajos! Es mi vida y es la primera vez que la vivo, no esperen madurez luego de la tragedia, agradezcan que no me haya entregado a la demencia. Nunca le grité y jamás le pegué. Mi madre me dijo que jamás debería pegarle a las mujeres, pero si ella hubiera estado ahí, le hubiera reventado la cara.
Gemí como un pequeño niño, ante la inmensidad de la música y los colores, nadie podía ver mi tristeza. Los hombres no lloran, pero de vez en cuando nos salen gotas en los ojos.
Y al estar en ese trance post-traumático, algo sucedió que cambiaría mi vida de la noche a la mañana. Es aquí donde en verdad hay una historia. Empezó con una mano sobre mi hombro, grande y fuerte. Luego una voz masculina y quizás, con un acento algo Cubano.
“No estés triste, no hay porque llorar”.
Volteé mi rostro ante mi interlocutor. Lo observé claramente, vestido en un traje blanco con negro, con vendas entre sus dedos, zapatos deportivos totalmente blancos, con sombrero y una bien colocada corbata y a pesar de las luces negras, los colores brillantes y la confusión del salón, no pude evitar ver, que era un alto y desgraciado… negro.
“¿Y tú quién eres?”. – Me atreví a preguntar.
“Quién no es la respuesta correcta a tu duda, podría darte un nombre y seguiría siendo un cualquiera más”.
“¿Qué?” – fue mi pregunta en reacción.
“Soy lacto ovo vegetariano, socio-humanista revolucionario de izquierda extrema y sobre todo homosexual. Aunque para esta de velada puedo ser tu poeta, tu cómplice de una noche y demás”.
Ahí fue cuando lo conocí a él y todos sus encantos. Tan poderosos y tan inevitablemente asquerosos.
En el África lejano, más distante que la lejanía del horizonte, antropólogos por años han estudiado el origen del hombre. Si ha existido una razón concluyente para que se llevase a cabo tantos estudios en el gigantesco como misterioso continente es porque, inevitablemente, al ver un negro no podemos dejar de relacionarlo a la forma más salvaje, feroz y bruta de nuestra raza. Yo culparía a Darwin por hacer esa relación con los monos ¿Pero qué se puede esperar de un inglés con influencias alemanas pseudo-nazis? Por lo tanto, al ver a los monos, oscuros, ágiles y salvajes y al ver a los negros, no puedes evitar verlos, de una manera racista. Es un paradigma que va más allá de la esclavitud, el Apartheid, la eugenesia, el Ku Kux Klan y los raperos, o quizás de todo lo anterior junto. Yo lo admito, si yo veo a un negro, tan alto, poderoso e intimidante como éste que tengo al frente, no puedo evitar que es un ladrón, menos dejar de imaginar verlo, en un guayuco verde, gritando a plena voz, con una lanza y diciendo “¡Bunga-unga!”, corriendo para cortar y reducir mi cabeza. Sí, soy influenciable, un mundo lleno de ideas fijas me ha creado un modelo anti-negros, un deseo profundo y egoísta de alejarme de ellos, de menos preciarlos, de considerarlos como animales salvajes o quizás peor.
“Creo que no nos conocemos, mi nombre es…”
Él me interrumpió. Me puso el dedo en la boca, callándome. Tan seguro.
- “Espera, esta noche, es la primera noche de cientos de horas taciturnas que habremos de pasar. No necesitamos nombres, no son más que etiquetas innecesarias impuesta por un sistema frío y lleno de perversión. Hagamos los minutos de la nocturnidad infinitos”.
Un homosexual. No sé dónde leí que el homosexualismo, visto desde los científicos sociales, es quizás una expresión de masculinidad exacerbada donde el hombre desea estar con el hombre por su amor a su hombría, una adoración al sexo masculino. Ese texto, muy profundo, altamente explicado, con basamentos profundos, ejemplificaciones, gráficas, etc, no pudo evitar pensar que este tipo era un mariposón afeminado, valga la redundancia, y lo peor era, que si había una mujer en la relación, por su tamaño, habría de ser iba a ser yo.
“Ven, te invito a bailar Lambada en el techó”.
Los cientos de cigarrillos encendidos junto el penetrante olor a alcohol, tan profundo como el de la gasolina se había fumigado, se había pegado a mis ropas y se había mezclado con mi sudor. Era una sensación incomoda de estar empapado por líquidos asquerosos. Además, siendo mi camisa de algodón, mi ropa parecía raspar levemente mi cuerpo, molestándome profundamente. Esto no es más que una explicación, para lo siguiente. Por varias razones, estaba harto de ese maldito negro, no quería que me molestaran, no hoy. Era mí día de llorar, de estar triste. Quise ofenderlo, le dije lo mejor que se me ocurrió…
“Vete a invitar a bailar a tu madre”.
“Lo haría con gusto, pero no me gusta hacerlo con cuerpos muertos. Prefiero el aura bioenergética expedida por cuerpos expuestos al rose de uno contra el otro, juntos seremos una máquina de hacer sudor”.
¿Por qué? Porque no podía dejar de pensar que estaba siendo superficial conmigo. Venía aquí en celo, diciéndome palabras lindas, pero en verdad sólo quería mi cuerpo. Engatusándome cual vampiro que desea mi sangre. Sin embargo, del juego me estaba hartando y la gente empezaba a mirarnos. Los eventos se desataban a la pública humillación y yo sufro de pánico escénico.
“Déjame en paz, puto. Lárgate por donde viniste”.
Una voz sonó tras de mí. Era Luisito que me observaba junto al negro mientras traía una larga botella de Whiskey. Luisito al mirarlo le sonrió y le pico un ojo. El negro levanto ambas manos con el símbolo Hippie de la paz y el amor, luego chasqueó sus dedos, y le señaló con sus blancos dientes en amplitud. Luisito se ruborizó. Eso fue suficiente para desatar mi imaginación en imágenes horribles de terribles escenas pornográficas que no quiero ni mencionar. Dios mío, me había metido acaso en el paraíso gay o así serán todas las discotequas-pizzerias-puticlub… quizás es la nomenclatura lo que le dice. Ahora entiendo porque el guardia de la entrada me hizo preguntas, era a su manera: una advertencia.
“Luisito, - dijo – anota lo que pida en mi cuenta. Ahora ¿Has visto lo bello que te pones cuando estás molesto?”
No soy una mujer, ni ahora, ni en ese momento. Así que como todo macho vernáculo ante la duda de su sexo me levanté molesto. Sólo para darme cuenta que era mucho más alto de lo que pensaba. Si yo bien medía un metro setenta, este negro podía abarcar casi los dos metros. Era como enfrentarse a un perfecto ejemplo de la NBA, sólo que vestido de manera muy particular y como odiaba su sombrero. Lo miré amenazadoramente, luego lo miré hacia arriba de mí para llegar a ver sus ojos amenazadoramente.
No soy una mujer, ni ahora, ni en ese momento. Así que como todo macho vernáculo ante la duda de su sexo me levanté molesto. Sólo para darme cuenta que era mucho más alto de lo que pensaba. Si yo bien medía un metro setenta, este negro podía abarcar casi los dos metros. Era como enfrentarse a un perfecto ejemplo de la NBA, sólo que vestido de manera muy particular y como odiaba su sombrero. Lo miré amenazadoramente, luego lo miré hacia arriba de mí para llegar a ver sus ojos amenazadoramente.
“Mira maldito negro desgraciado, no te metas conmigo. No sabes a quién tienes al frente”.
“Y nunca sabré si Dios existe, pero lo siento en todas partes. Y nunca sabré lo que es el amor, pero lo siento en ti” – respondió.
No sé porque somos así. Odio la verdad, a pesar es que los halagos, sin importar que vengan de las personas más inoportunas, me hacen sentir bien. Dudo ser emocional en mi totalidad, la vida me preparó a como resistir la adversidad, jamás a como recibir cariño. Me di cuenta que en ese momento, mi sensación de tristeza se había ido, estaba demasiado ocupado sintiendo una rabia exacerbada, mis puños se cerraban, mis músculos estaban tensos y sentía que mi cuerpo se movía sin mi consentimiento. Reaccionaba, no pensaba.
“Negro del carajo, déjame en paz, te lo advierto…” – le dije señalando mi dedo a su cara ¿Por qué mi dedo estaba ahí?
“Querido hermano “de la oscura noche de la nada”. Tenemos que olvidar los paradigmas que azotan a nuestra sociedad como el racismo, la apatía, el egoísmo y el tener que bañarnos todos los días”.
“¿De qué carajos hablas?” – dije confundido por sus argumentos innecesarios.
“Hablo que la utopía no es un sueño irreal, es tan verdadero como nosotros lo creemos, no debemos depender del mundo para ser feliz, somos capaces de lo que sea mientras fielmente estemos seguro de ello. Tú, como todos, puedes ser lo que quieras, y yo quiero que, hoy, seas mi nena” – citó y mencionó tomando con una mano su sombrero.
¡Absurdo! Un ser que parecer haberse perdido en un diccionario entre filosofía, imbécil e idealismo, había entendido todo mal. Venía por mí, no parecía detenerse, como si nada de lo que dijera tuviera fuerza para imponerse. La música sonaba con tal fuerza a atrás y sus palabras la atravesaban con tanta facilidad. Hablaba despacio dándole una magia a cada cosa que decía. No era sólo lo qué decía, era cómo. Tenía un no-sé-qué-que-qué-sé-yo inexplicable.
“Si no me dejas en paz…”
“Recurrir a la violencia es el arma del tonto, del errado, del desesperado e incapaz”.
“Hoy me siento especialmente estúpido”.
“Hagamos el amor, no la guerra”. – Y me picó un desgraciado ojo.
A veces soy como un robot. Tócame un botón lo suficiente y un comando se activará. Es un algoritmo pesado de millones de imágenes que en vez de resolverse o despejarse se complicaran con ecuaciones e incógnitas. Es un mar desatado de emociones, subjetividades y abstracciones que requieren años de horas de terapia para ser develado. Verán que me volví loco cuando hablé del futuro estando en el pasado: miré a mi alrededor, mis puños eran demasiado débiles, pensé en usar un bolígrafo en la mesa para clavárselo en un ojo hasta deslizarlo a su cerebro y una vez dentro agitarlo para dejarlo tarado por siempre, pensé en tomar una de las sillas del bar y golpearlo hasta dejarlo en el suelo, las sillas estaban pegadas al piso, pensé en patearle las bolas rápidamente y salir corriendo, él era más rápido que yo y podía esquivarlo, miré con detenimiento todo a mi alrededor. Necesitaba un arma, cualquiera que fuera ¿Un vaso? Podía lanzarle el alcohol en la cara para cegarlo y luego patearle con un golpe bajo. Todo era tan complicado, y esto paso en segundos, hasta que vi la botella, de no haber estado ahí me hubiera frustrado, ante este sentimiento me hubiera rendido en atacarlo, hubiera corrido del bar, hubiera tomado un taxi hasta mi casa, hubiera llorado por mi mala noche y algún día hubiera muerto sin conocer el significado del dolor, dolor de verdad, dolor físico. A pesar de todo, tomé la botella, era demasiado perfecta, un mazo que al golpearlo a la cara lo deja ciego, que automáticamente se convierte en un arma punzo-penetrante y que tiene cincuenta años de experiencia, demasiado perfecto para no hacerlo.
En pocas palabras, tomé la botella, ante los ojos curiosos y alarmados de Luisito y se la reventé a la cara. Pequeños pedazos de ese hermoso material, que alguna vez fue suave arena de algún desierto o playa, se esparció en miles de pequeñitos pedacitos desperdigados como pequeñas tachuelas, acompañados por el líquido interno de la bebida alcoholizada y el sonido de victoria producido por el choque del agua y cristales en el piso. Ah, también recuerdo que grité.
Nada se detuvo, alguna gente me observó, pero el show de la fiesta seguía como si nada. Esto parecía algo común aquí, incluso llegué a sospechar que Luisito me había tendido una trampa. Tú no dejas botellas de Whiskey tan perfectamente colocadas para matar por ahí.
Miré al negro y me di cuenta que las películas mienten. En la mayoría de los films de acción, un golpe certero es capaz de desmayar a tu oponente y te permite correr de la escena. La realidad es cruda, tan diferente de la bella ficción. Ese semental azabache no había tan siquiera parpadeado ante mis golpes, no había caído al piso, ni un dolor de cabeza era evidente, no se había cortado y sus ojos seguían abiertos cual zombi. Básicamente, si le hubiera lanzado el líquido de un vaso, en efecto, hubiera sido lo mismo.
El problema, el gran problema era que se veía molesto.
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