El destino se presentó de una manera extraña. Lleno de terror, mis ojos, al no poder ocultarse se mantenían abiertos sin pestañar. Miré mi alrededor y pequeñas chispas comenzaron a aparecer como si fueran por arte de magia, en momentos, se volvió todo una descarga. Una explosión eléctrica había ocurrido, la única claridad que proveía un bombillo mal colocado en el pasillo había explotado con la descarga. Estaba atrapado entre oscuridad y todas sus sombras, dicho sea de paso, esa era uno de mis mil infiernos. Apenas con las lejanas e inanimadas luces de la ciudad, algo podía ver y me arrepentí rápidamente de haberlo hecho. El hombre solitario se acercaba, pude escuchar sus pasos retumbando en mis oídos como un eco de pavor estremecedor y levanté mis manos con el palo preparado para pelear. Llegó a verme, el asesino estaba frente de mí, un manto tenue lo cubría, apenas podía ver sus pies y en la mano su brillante cuchillo.
- ¡No, vete, lárgate!
Mi temprana valentía había desaparecido en cuanto había visto la arma afilada y es que no se trata de morir, es el dolor del proceso, es la sangre manchada esparcida en un triste callejón, es el vacío de la soledad de un triste lugar de la nada en esta ciudad, son todos mis sueños frustrados que jamás se cumplirán, son los perdones y disculpas que siempre quise dar, será la boda que Verónica y yo aún tenemos miedo a comprometernos, es el mundo entero y lo que me ha educado a ser y desear lo que se mezcla con este desgraciado pánico que no puedo controlar, es el irrefutable anhelo por seguir vivo.
El asesino se acercó lentamente, disfrutaba cada segundo de mi estrés mental, como lobo ante una presa se deslizaba lento por el callejón, detrás de los ojos de esos seres acompañándoles, observándome de una manera perversa el disfrute voyerista de un homicidio. Grité, grité por ayuda desesperado pero mi voz se perdió entre el asfalto y la frialdad de los hombres de la ciudad, incluso podría jurar escuchar ventanas cerrarse, puertas tirarse y cerraduras asegurarse con mi grito. Nadie vendría a salvarme. A tres pasos él se detuvo, muy a pesar de la cercanía, no podía reconocer su rostro.
No podía decir nada, estaba paralizado ante la misma muerte… hasta que…
Se lanzó sobre mí y cortó mi cara. Al sentir la laceración de mi rostro y mi propia sangre correr sobre mi piel, la adrenalina se disparó incontrolable. Le tomé las manos ante su siguiente ataque y caí al paso, el sobre mí se encontraba, reía cruelmente, disfrutaba el enfrentamiento. Con una mano traté de buscar algo entre la basura, sintiendo al tacto humedad, madera, lata hasta conseguir algo de vidrio, algo puntiagudo que se clavo en mis manos, el dolor me traía vida, con ese arranque levanté la botella rota y se la clavé en la espalda. El hombre no reaccionó más que clavando el cuchillo sobre mi hombro y sentía mi cuerpo derramarse. En un instante, clavé la botella en uno de sus ojos y cayó al piso, el cuchillo rechinó al caer entre pequeños vidrios, pensé en escapar, pero no sin antes intentar detenerlo y con su propio cuchillo se lo clavé en uno de sus pies y salí corriendo.
Estaba desangrándome, mis ropas se podían sentir húmedas, las heridas eran superficiales y el dolor demasiado profundo. Volví a la calle, al contrario de cómo la había dejado, estaba llena de vida, los carros parecían ir de un lugar a otro, muchas personas podían verme alrededor. No comprendía nada, y mucho menos eso importaba. Llamé un taxi que paró en un momento, me metí en él, era un hombre delgado de una contextura muchos más débil que yo, él era uno de ellos. Me miró con cara extrañada y me dijo…
- ¿Te llevo al hospital? ¡Estás sangra..!
Su voz fue silenciada por mi mano lanzando su rostro contra el vidrio frontal de su carro, una y otra vez los golpes fueron secos, sentí hasta en un punto escuchar su cráneo romperse y sentí que fue suficiente. Abrí la puerta del conductor y lo lancé a la calle. Recuerdo ahora haber dicho algo.
- Disculpa, esto es de vida o muerte.
Había cambiado, ahora, era yo el asesino. Conduje el carro a través de las carreteras hasta mi casa evitando los semáforos y cualquier lugar que pudiera detener mi camino. Me gané el insulto de muchos conductores en mi sendero hasta que llegué a mi casa, para protegerme, para encerrarme en ella y ocultarme de él y todos sus cómplices que atestan esta ciudad. Abrí el portón, corrí por el patio y me tropecé al pisar algo baboso. Había pisado no uno, sino varios insectos, a mi alrededor me rodeaban larvas, hormigas, gusanos, ciempiés y cucarachas… en un tumulto ellos me rodeaban, estaban atraídos por el olor a sangre de mi cuerpo, además de eso, podían sentir mi miedo, se acercaban los pequeños caníbales, a millones, acercándose por un pedazo de mi carne.
Podía escucharlo, pero gritaban, podía entender sus lamentos, a pesar de eso su grito era cada vez más siniestro y en el canto lastimero de las aullantes almas de la noche mi visión se pudo perder en el movimiento sísmico. Las fuerzas infinitas de un universo se habían desatado sobre mi mente que a su vez había servido como portal a este mundo y en su misma acción me había brindado el poder indeseado de volver toda mi locura en una realidad alucinante e increíble. Así se abrió destruyéndose en pedazos el techo de la gran casa, sus restos ante el poderío de esta fuerza desconocido la dejaron dividirse hasta que de su forma sólo quedara la figura bestial de quijadas de un lobo hecha a partir de maderos y las tejas de mi hogar. El polvo caía a cascada por doquier, agachado miré a ver qué era eso que atragantaba mi casa, mis ojos perdieron su órbita y quedaron bizcos al no poder confrontar la imagen terrible de las sombras detestables que se materializaban junto a chispas eléctricas, eran viscosos tentáculos, como en mis más profundas pesadillas, corniforme cuales temibles dientes caníbales, salvajes, perfectas armas de la mutilación paulatina, provenían de la oscuridad incierta y misteriosa que tomaba mi casa, era una nube de niebla semejante al más pútrido petróleo, era inimaginable, horrible, amenazante, inconcebible en cualquier característica y venía por mí.
- ¡Maldita sea! ¡Maldito sea el universo, Dios, las estrellas, el umbral, la noche y sus
secuaces! ¡Quieren aterrorizarme, quieren consumir mi alma al más profundo de los infiernos y festejar sobre los restos de mi carne! No los dejaré, ven a mí monstruo de las profundidades de lo desconocido, moriré, y no lo haré sufriendo, si he de entregarme, lo haré a mi locura.
Me lancé sobre el informe demonio.
Mis manos fueron las primeras en entrar en el húmedo agujero negro, luego fue mi rostro, y de mis rostros mis ojos jamás pudieron creer lo que vieron. ¿Alguna vez me había mesmerizado en sueños tan profundos? Era como haber sido consumido por un universo tan lejano como la más opaca de las estrellas, no estaba muerto por una vasta tenue desolación falta de vida y apesadumbrada con el silencio, no. Era una galaxia viva, en vez de un trasfondo negros con luces estrelladas y fenómenos cósmicos, era una llenura total, parecida a las que se podrían percibir en las profundidades del océano. Dominado por un rojo carmesí me sentí atrapado por una presión indescriptible, eran profundidades de colores psicodélicos ilimitados sin siquiera un tajo del anochecer. Los planetas no eran rocas, eran seres vivos, demasiado gigantes para ser en anatomía realizados con formas biológicas varias pero sin ninguna que asemejara una boca o comunicación del tipo humana. Las estrellas eran miles de solos que ardían con potencia ilimitada. Las lunas eran órganos sangrientos que se conectaban por conexiones de tejidos a los planetas Era una dimensión hundida en mares de mercurio o cristal derretido. ¿A dónde había llegado?
Algo me levanto súbitamente, algo me llevo a mi realidad original y me saco levantando por la casa, era como si un gigante me hubiera agarrado de manos y pies y me hubiera extendido arriba y arriba hasta sobre el lugar de mi casa. Mi hogar se despedazaba en dos, todo cuanto mi viejo me había dejado se despedazaba en la por siempre existente destrucción de lo material, las pequeñas espinas de los tentáculos me cortaban en varias zonas de mi cuerpo, la sangre se esparcía sobre mi cuerpo, mi piel se derretía ante el acido toque de las extensiones. Nunca sentí un dolor tan más allá de mis propia lógica, era como si fuera moldeado en vida, mis huesos, piel, órganos se moldeaban en una masa sin forma y sólo un ojo podía ver más allá, un ojo que no podía pestañar ante la mirada eléctrica, fría y brillante de los seres ocultos entre las estrellas del horizonte.
Traté de reaccionar, traté de escapar, traté de hacer muchas cosas, pero era mi mente una fuente ilimitada de deseos que anhelaba hacer algo con su cuerpo pero se sentía inútil ante dioses más allá de mi mundo. Raudales de memorias se hicieron vívidas, eran pedazos, apenas tajos de segundos de momentos de mi vida, las frases que más recordaba, un amanecer que nunca pude olvidar aunque sólo vi un segundo, la sensación de frío, la primera vez que me lastimé una pierna, recuerdos demasiado vagos para tener sentido en su conglomerado. Eran las piezas de un rompecabezas de una vida sin existencia. Tan corta, tan irrelevante. Hubiera escapado de toda esta locura, me hubiera arrepentí de haber intentado superar mis miedos, hubiera decidido declarar mi amor a Verónica sin recelo, hubiera renunciado a mis creencias, a mi ateísmo e incluso yo, mismo, hubiera deseado ser otro con tal de que nada de esto hubiera pasado. Pero había pasado y estaba muerto.
Lo que sea que esa noche convoqué siempre estará más allá de los conceptos en que puede trabajar mi reflexión, pero era ahora que podía cambiar ese hecho, poderes extensos más allá del humano, he de comprenderlos. El destino estaba sellado.
Sin embargo, en el Hospital Central de la Patria Heróica, en la sala de rehabilitación 405, en la cama de dentro, entre cobijas blanquecinas, acomodado sobre una almohada, reposaba mi cabeza. Mi ojo se abrió, la luz la habían dejado encendida. El cuarto estaba completamente sólo y me di cuenta que si bien la locura había lastimado mis percepciones, la realidad y el sentido común lo agradecían, estaba vivo. Si la batalla había llegado a niveles crueles había sido en mi mente, pero la verdad no miente, pues mi cuerpo estaba lleno de heridas, casi parecía una momia. Sentía mi cuerpo adormecido, quizás para evitar el dolor extenuante producido por mis nervios. Lo único que podía mover era mi boca, aún podía hablar.
- ¿Alguien ahí? ¿Qué pasó? ¡Ayuda!
Alguien se movió detrás de mí, normalmente, a mi falta de movimiento habría pensado que sería el asesino escondido en mi punto ciego, únicamente ahí para molestarme con sus sonidos y haciendo temer de lo desconocido, y a lo sería, sin embargo, ahora tenía plena consciencia. Eso no era posible, pues el asesino a todo momento había sido yo. Yo me había torturado durante todos estos años tratando de proteger a los demás de mi crueldad. Disfrutaba secretamente de vivir en un mundo atormentado, algo bastante enfermo y digno de un profundo estudio psiquiátrico, estaba liberado, el miedo se había ido. Lo que había quedado era lo que en verdad me preocupaba y la luz molestaba mi descanso.
- ¡Despertaste!
Era Verónica. Algo cierto después de una noche sub-realista.
- Mi amor, no, no puede ser, estabas en coma, has despertado… es un milagro. Te amo ¡Te amo!
Me abrazó profundamente, luego se acerco para ver su rostro, esa bella mujer que siempre sería para mí. Quizás pasada un tanto de peso, pero era su amor lo que siempre la había hecho perfecta, su belleza representativa era digna de poemas y su bondad infinita.
- Verónica… hazme un favor – dije al no poder aguantar más.
- ¡Lo que sea, mi amor!
- ¿Puedes apagar la luz? Quiero dormir un poco.
- Pero… pero acabas de despertar.
- Por favor, apaga la luz, me molesta.
- Pero Mau… tu miedo y las sombras… pueden aparecer.
- No hay nada que temer, apaga la luz, por favor, Vero, no la aguanto – dije.
- De acuerdo…
Y apagó la luz en un instante. Cuando la ausencia de brillo fue plena me sentí relajado. Pude por momentos, sentir el calor del abrazo de Vero. Si había algo realmente hermoso por lo que vivir era ella, pero no podía ignorar algo, tenía una deuda y una sola manera de pagar.
- Vero, amor… necesito pedirte otra cosa.
- Lo que sea, he estado día y noche cuidándote, agradezco a Dios que nada malo te haya
pasado, a pesar de tu frialdad normal, pareces sentirte mejor.
- Sí… por favor, escucha. Ya no tengo miedo…
Todo era completamente diferente. Yo no era yo, yo era el asesino y ahí, en el velo de la oscuridad, subrepticias e ignoradas, nuevas partes de mí se arrastraban suavemente de un lugar a otro, seseantes, deseando nuevamente el suspenso de la caza mientras esperan entre sombras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario