Ø “Calmados, -ordenó el sargento- no desperdicien munición”.
Ø “¡Salgan! - vociferó Kain- ¡Adelante! ¡Vengan por mí, sé que están ahí!”
Ø “Sí, claro, si los llamas ellos vendrán”.
Ø “Valis,-me respondió Kain- eso nunca lo sabes”.
Ø “¡Shhhh!- dijo la doctora- Silencio, escuchen”.
Ø “El suelo…” -dijo Zack.
Ø “Oh, no, oh, no” – decía Rubí.
El suelo en efecto se movía, entre la arena y las rocas algo perverso se escondía. Nos habían dejado llegar a hasta acá y nos habían hecho detener justo donde lo deseaban, en su trampa, esos alienígenas contrario al concepto de bestias salvajes que tenemos de ellos, nos consideraban, nada más y nada menos que su presa, su alimento. Seres por debajo de la jerarquía de la cadena alimenticia.
Ø “Quietos, - dijo el sargento- quietos, quietos ¡Salten!”
De entre el movimiento de las rocas, unas afiladas espinas de casi un metro y medio de espesor habían surgido rompiendo el pavimento y removiendo el concreto en un montículo que avanzaba en una línea recta. Los cincos saltamos esquivándolo como pudimos.
Ø “¡Argh! – gritó Kain y lo disfruté - Me dio en el brazo”.
Ø “Tenemos un merodeador instalado”- indicó el sargento.
Ø “Y perros en camino…” - anunció Zack.
La colonia fantasma y desolada tal cual estaba había resurgido de entre sus cenizas, había tomado un nuevo tipo de vida, sus apartamentos tenían nuevos habitantes, los teatros nuevos espectadores, sus calles se llenaban de peatones y sus capitolios recién nombrados gobernadores. Nosotros éramos nada más que el festín de bienvenida y parte de una gran celebración. Estas cosas a las que ni si quiera nos atrevíamos a darles nombres propios eran seres de una consciencia compartida, organizada y lógica. Nosotros, los dueños de la galaxia, caíamos ante unos monstruos muchos más poderosos y quizás más avanzados que nuestra propia civilización.
Ø “¡Mi brazo, -gritaba Rubí- argh, mi brazo, doctora!”.
Ø “¡Rubí!” – grité yo.
Observé a Rubí en el piso, apoyando sus manos contra el suelo, fui a revisarla inmediatamente, no estaba lastimada. Sólo había vomitado.
Ø “Perdona, me dan asco los Zergs, el verlos, sentirlos, olerlos. Asco”.
Ø “No eres la única”. – le respondí
Nuevamente se movieron las hojillas separando la tierra, empujé a la doctora a un lado y comencé a disparar dos ráfagas de fuego sobre el punto de origen y vi como Xack se acercó con grandes pasos y descargó sus incineradores sobre el área, la criatura salió de su escondite, era una araña gigantesca con rostro de cucaracha y rodeada por afiladas garras de hueso, ella se abalanzó sobre Xack, el cual a toda respuesta la roció con sus lanzallamas y yo descargué casi un cartucho enteró para que callera. El sargento se encargaba de cubrirnos las espaldas disparando de una manera precisa sobre los ojos de los perros Zergs y el único lastimado parecía Kain. Rubí se levantó a atender a Kain, utilizó su regenerador para recubrir las heridas y en un momento estuvo bien… pero aún, un ingente Zerg se acercaba… cientos de chillidos disonantes sonaban como una horda enfurecida de insectos.
Ø “¡Al puerto interestelar, -gritaba el sargento- vamos, vamos, vamos!”.
Ø “No lo haremos” – indicó Xack.
Ø “¿Cómo?” – preguntó el Sargento.
Ø “No hay manera, se sobrepondrán a nuestra velocidad, los Zerg sólo tienen una motivación en esta vida y esa es alimentarse… son bestias”.
Ø “¡Sí!- le grité- ¡Quizás lo sean! Pero hay cerebros pensantes que los manejan y ellos actúan con lógica.”
Ø “Alguno debe desviarlos,- dijo Xack- cambiarlos de dirección, de lo contrario nadie llegará”.
Ø “¡No, soldado! Todos debemos hacerlos juntos.”
Ø “Yo estoy de acuerdo” – replicó Kain.
Ø “Xack, -habló la doctora- necesitamos tus incineradores, eres el de mayor capacidad defensiva y ofensiva”
Ø “Sólo dime a donde desviarme en la colonia,- me dijo seriamente Xack- ahora, yo los desviaré”.
Ø “Entiendo, soldado, si esa es tu decisión, pero… jamás te rindas o te entregues, que te tengan que sacar la piel, pero no te dejes morir”.
Ø “¿Eso es una orden señor? – preguntó Xack.
Ø “¡Sí, Xack, es una orden directa!”
Ø “¡Muy bien, señor!
Le indiqué un camino, Xack asintió e indicó que nos fuéramos mientras se quedaba de frente a la oleada y vi que se inyectó la droga de adrenalina. Mientras nos alejábamos veíamos como detenía olas de perros Zergs siendo detenidos por sus lanzallamas y aquellos que llegaban cerca los manejaba con sus propias manos, hasta donde pudo verlo seguía vivo, al dejar de verlo, estuve seguro de que no lo estaría mucho.
Ahora, sólo éramos cuatro. Nosotros nos perdimos entre los edificios, al correr en la colonia, vimos cómo se podían ver nubes claramente, las luces empezaban a crear un amanecer artificial hecho de cientos de pequeños soles en el firmamento. Unos gusanos alados hacían círculos alrededor de la ciudad y no parecían tener el mínimo interés en nosotros.
Al atravesar la ciudad llegamos a la plaza principal de la colonia. Estaba completamente invadida por un tumor purpura, como una piel acuosa que se extiende lentamente bajo los pies, los árboles tenían unas venas que le invadían su contorno, habían larvas gigantescas arrastrándose y huevos Zerg esparcidos por el lugar.
Ruby pareció atragantarse, se hizo a un lado sufriendo de náuseas y se quejaba tosiendo. Yo fui a ayudarle. El sargento tomó su arma sin duda y junto a Kain se encargaron de destruir las larvas, los huevos y acabar con cualquier rastro de vida reproductiva.
Ø “¡Malditas cosas! ¡Miren como mato a sus niños!” – gritó el sargento
Ø “Hm… más bien sus órganos reproductivos” – Opinó Kain.
Ø “Muy bien, miren como te acabo los huevos” – replicó nuestro líder.
Al terminar con la masacre, nos empezamos a mover, Rubí palidecía ante la repugnancia inevitable que le producían los alienígenas. De la nada, una criatura parecida a una mariposa cruzada con un ciempiés, se levantó de entre el tumor bañándonos con un asqueroso líquido aceitoso. Su boca se abalanzó sobre mí tumbándome y luego mordió el hombro de la doctora para lanzarla a los aires.
Ø “¡Disparen! – ordenó el sargento - ¡Es una reina, disparen!”.
Rubí cayó con su hombro, desnudo de toda armadura, ensangrentado quejándose. Kain, el sargento y yo le disparamos moviéndonos, el monstruo no se detenía y con sus extensiones de puntas arácnidas golpeó al sargento en el abdomen lanzándolo a un lado y luego hizo lo mismo con Kain, decenas de balas marcaban su cuerpo, vino por mí con sus afilados dientes y al atacar cayó sobre mí… su cuerpo inerte.
Me escurrí por debajo de sus alas, vi al sargento indicando que sólo era un rasguño a pesar de que se veía su cuerpo sangrando, Kain, él estaba por ahí, yo corrí por a ver Rubí, estaba tirada sangrando, tocaba su hombro y aplicaba su regenerador sobre la herida, pero el asco, el dolor, eso jamás se iría. La ayudé a levantarse cogiéndola del hombro sano, ella caminaba con debilidad.
Ø “No me gusta quejarme Valis, - me dijo- pero eso dolió”.
Ø “Tranquila,-le pregunté a ella - ¿puedes encargarte de los demás?”
Ø “Puedo, pero el regenerador aunque trabaja como magia, no le queda mucha energía, apenas puedo curarlos y eso será todo”.
Ø “Tendremos que evitar lastimarnos, en ese caso”.
Ø “Espero así no sean todos nuestros momentos juntos” – me dijo ella.
Yo sólo pude sonreírle. Fui con ella y con la ayuda de su regenerador cerramos las heridas de Kain y el sargento, que insistía en que no era necesario. Una vez de pie, sentimos la tierra quebrarse, era como si alguien hiciera del suelo potentes tambores y al caer un edificio a un costado de la plaza logramos ver a una criatura con una cara proveniente del mismo infierno. Era una hormiga tan alta como los edificios de las colonias, se acercaba a nuestro posición, en vez de brazos, tenía cuatro largas hojillas afiladas y pasaba a deshaciendo edificios a su paso como si fueran de anime. Pronto, vimos a la lo lejos que la ola de Zerg se acercaba tras del gigantesco ser. Tratamos de perderlo entre los edificios, tuvimos que romper puertas, usar escaleras de emergencias y buscar pasadizos poco ortodoxos, en el paso pudimos aclarar la más mínima duda acerca de la condición de la colonia: todo tipo de vida – exterminada. Logramos escapar perdiéndoles un poco el paso, pero el sonido abrumador nos perseguía, estaban cerca. Llegamos a la entrada del puerto interestelar.
Ø “Más escombros y ruinas, genial.” – dijo el sargento.
Ø “¿Este es el puerto estelar? ¿Eso es un puerto estelar?” - Preguntó Kain.
Otro edificio más en ruinas, sin duda el más alto de la colonia, hecho como una torre circular con diferentes plataformas colocadas alrededor del tope, en parte era como una torre de cristal, la entrada estaba abierta y la puerta se mecía de un lado a otro.
Ø “Sí, este es… - dije- pero la evacuación, los agentes, los soldados ¿Dónde están?
Ø “De aquí, -informó la doctora- recibí el mensaje, si no hay soldados, debe haber una computadora en alguna terminal llevando a cabo un protocolo de evacuación… aún podría haber una oportunidad”.
Ø “Sigue creyendo en la esperanza, yo seguiré creyendo en que moriremos aquí, al menos espero que mi nombre esté sobre un gran monumento y se acuerden de mí como un héroe”
Ø “No lo creo, - intervino la doctora- la confederación registra a cada soldado como números, Kain”
Ø “¿Qué?”
Ø “No serás un héroe; 11117724895, lo será” – le dije a Kain mientras reía.
Ø “Soldados, -interrumpió el sargento- cuando uno entra al ejército, jamás es para ser recordado, si algo, es para olvidar y ser olvidado”.
Ø “¡Cada vez me encanta más este programa de reinserción social! Pelea cinco años por la confederación y te perdonaremos. Es como una condena de muerte útil”.
Ø “¡Ya basta, -dijo Rubí- entremos y busquemos alguna nave de transporte!”
Kain se volteó, observó por unos segundos a los Zerg en su avance, negó y escupió el suelo, en su mundo todo esfuerzo era inútil, pero jamás nadie lo había dejado vivir en su mundo, siempre fue un esclavo del sistema y a pesar de su rebeldía. Yo observé el resplandor en el que se había vuelto el cielo; centellas fulgurantes, deslumbrantes prismas y chispas, pronto, junto a ese horizonte completamente hermoso, pude ver la lluvia cayendo y el comienzo de una tormenta eléctrica. Avanzamos.
Al entrar, pudimos observar en sus pantallas y computadoras que la estación tenía energía a pesar de las peores de condiciones, algún protocolo de emergencia se había activado y los generadores habían canalizado toda la electricidad a este paradero. En las pantallas había un conteo que indicaba unos veinte minutos para la evacuación. Las computadoras en la recepción también estaban funcionales y la esperanza aún permanecía, ya que era posible conseguir alguna nave de transporte que nos sacara de este planeta condenado para nunca volver… a Mar Sara.
Dimos varios pasos manteniéndonos alerta, con nuestros rifles levantados, cubriendo a la doctora. Kain, de un momento a otro, rompió la posición y fue a la terminal de la recepción, manipuló los controles y nos observó abriendo su visor, mostrándonos su rostro pálido.
Ø “Aún quedan dos naves de transportes funcionales, sí, sí, tengo como escapar”.
Ø “Querrás decir: tenemos” – habló seriamente el sargento.
Ø “No sé ustedes, pero yo me largo a la tierra, no quiero saber ni de confederados, ni de Hijos de Korhal, ni de Zergs, ni de Protoss, me cansé de esta guerra”.
Ø “Eso sí yo te lo permito Kain. –le indicó el sargento- ¿Sabes cuál es el cargo de traición?”
Las puertas a nuestras espaldas se abrieron, el momento de conflicto ceso y todos apuntamos nuestras armas a las puertas, y una figura entró por ella. No pudimos evitar la sorpresa, ahí, estaba él, como un espanto venido de la nada, caminando en medio del vestíbulo de la estación delante, contemplándonos de manera y tranquila, silente como siempre había sido su manera de ser. El sargento bajó su arma y sonrió.
Ø “¡Soldado! – saludó gratamente el sargento acercándose- ¡Soldado! ¡Lo hiciste, sobreviviste, estás vivo!”
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