lunes, 8 de agosto de 2011

El Umbral: Sombras - Parte 3


Me coloqué la chaqueta y bajé del automóvil. Apenas mis dos pies estuvieron sobre el asfalto y la puerta cerrada, el taxi se alejó sin dejar rastro. Subí por el teatro, preocupado por la falta de vida en los alrededores y llegué a la entrada. Vi un anuncio pegado al vidrio, el dibujo era de un mago, típicamente vestido de traje y sombrero de copa, dividiendo a un cocodrilo a la mitad con una sierra y vi que decía: “Hoy, Gran Mondragón y la ilusión del Réptil”; en letras más pequeñas decía; “Otros Shows: Remí, El Hombre-Lobo. Alejandra la Bailadora de las Espadas”. El teatro seguía activo, su público debía ser gente extravagante y extraña. Vi si había una alarma o alguna manera de llamar, no encontré nada en absoluto, toqué las puertas intentado colocar algo de presión y una de ellas cedió. Sólo se veía la continuación de unas grandes escaleras, caminé hasta por fin dar con el vestíbulo. Éste era grande e imposible de apreciar desde la entrada, el piso era de madera barnizada y habían varias estatuas de cera encarnando diferentes artistas de los cuales ninguno pude reconocer. También, había una recepción, ahí encontré a un hombre viejo, llevando ropas de colores claros, en una silla de rueda, atendiendo una especie de recepción. Era muy sonriente y al verme me hizo una señal para acercarme. Caminé inseguro de a qué mundo me internaba y saludé haciendo un ademán con mi mano.

- Eh… buenas.

- Oh, bienvenido joven – respondió el viejo.

- Vine…

- No, no, no me diga… tengo poderes jóvenes, poderes que van más allá de lo evidente.

Desde que entró vi como dudaba al entrar, su manera de observar, el cuidado con que se movían su cuerpo como si hubiera una trampa cerca y, por demás, la mirada perdida. No debe haber algo de interés en su vida, debe tener muchos miedos y busca ver algo que lo libere, algo que lo lleve más allá de esa perpetuada caja cristalina que se ha vuelto la vida y de la monotemática andanza de esta vida que a pesar de aburrida, nunca queremos dejar.

Luego, rió de manera amena, su risa me pareció un tanto metálica, cerrada y llena de sonidos mecánicos. Era como si los huesos de su rostro estuvieran conectados por tuercas sin aceite. Cerraba los ojos y las líneas de expresión se marcaban en todo su rostro y su cuerpo se retorcía como si un ataque epiléptico fuera desatarse.

- Este… algo así.

- ¡Sin duda, vino a ver el espectáculo de Mondragón!

- No

- ¿No?

Puso una cara triste, profundamente decepcionada de su falla y no pude evitar consternarme ante esta variación emocional tan profunda. Tragué saliva para poder hablar claro y un tanto nervioso dije…

- Vine a ver a Madame de Sair…

- ¡Ah! La Madame… sí, era obvio, se podía ver eso en el profundo claro de tus ojos marrones, en la manera que inclinas tu cabeza al hablar, en las expresiones de una vida diletante y un tanto solitaria. Mis poderes no fallan.

- Sí ¿Estará ella?

- Claro, sólo debe ir a sus aposentos.

- ¿Dónde?

- Pues donde siempre está…

- Claro ¿Dónde?

- ¿Ha notado usted que repite mucho lo que dice?

- Sí, lo sé. Por favor, sólo quiero verla, necesito consultar algo y me iré. ¿En qué parte del teatro está ella?

- Detrás del escenario como siempre.

- ¿Cómo llego allá?

- Vaya al escenario y luego, camine detrás, pero tenga cuidado, están dando el Show de Mondragón ahora mismo.

- De acuerdo.

¿Cruzar un teatro en plena función hasta detrás del escenario? No podía esperar menos de tan excéntrico lugar. Atravesé el vestíbulo dejando atrás todas las místicas figuras y llegué a las entradas del espectáculo. Adentro se escuchaban sonidos de aplausos. Queriendo terminar esto de una vez por todas, abrí el portal y pude ver que todo estaba en una profunda oscuridad por la excepción del escenario, había una amplia cantidad de filas de asientos, la mayoría de ellas estaban ocupadas por sombras y figuras cuyos rostros estaban ocultos. El techo era muy alto, estaba hecho con un decoración llena de figuras circulares y abovedadas, había unas estructuras hechas de tubos metálicos bajo el techo que sostenían muchas luces que alumbraban el escenario, la mayoría proyectores de color blanco, se sentía una extraña euforia alrededor y en el medio del gran escenario, que desde mi posición explicaba con claridad porque tantas escaleras de subida pues el descenso de la parte interna del teatro era igual de profundo par dar espacios para muchos palcos. Mi vista no se pudo desprender del centro del teatro ¿era lo que veía un hombre típicamente vestido de mago, con sombrero de copa y todo, en medio del escenario sosteniendo una sierra sobre una caja que guardaba a un… cocodrilo? ¿Iba a dividir en dos al animal salvaje y volverlo a unir? Nunca lo supe, ya era demasiado el espectáculo para mi paciencia y corazón, me lancé corriendo como un niño que juguetea por el escenario y subí por una escalera posada a un extremo y me entrometí en los camerinos aparentemente abandonados.

Varias puertas se extendían en paredes tapizadas con telas rojizas y decoraciones de casas antiguas. Todas las puertas de los cuartos poseían números diferentes… todas excepto una, una que era muy grande en comparación a las demás, una que tenía una estrella amarilla para darle gradenza, una que decía Madame de Sair. Mi primer pensamiento: ya llegué, vi que esto era demasiado raro y que me había metido demasiado en este extraño mundo taciturno, era momento de volver ¿Pero cómo iba poder volver y vivir con al cobardía? No, no era suficiente con que esto fuera raro, tenía que entrar, abrir esa puerta y hablar con la pitonisa, gitana, visionaria, dotada, cortesana de puerto o lo que fuera.

La luz de la habitación era débil, las fuentes de luz alrededor eran velas posadas en candelabros instalados en las paredes y sombras dominaban la mayor parte del recinto. No esperaba el ver una gran cantidad de cortinas posadas alrededor del cuarto como si se tratase de un laberinto. Eran bellas como delicadas, compartían el color rojo obscuro como trasfondo dominante, en dorado poseía un arte similar parecido a hojas, o tréboles, y su borde era definitivamente de hilos negros. Había un olor a incienso, tan fuerte como para poder saboreado por mi lengua como si fuera canela. El resto del cuarto parecía sobrecargado con adornos. Habían varias mesillas llenas de pequeñas figuras, las paredes a parte de su iluminación poseían colecciones de máscaras colgadas, insectos disecados y frente a ellas habían varias estatuas. Mi paranoia se disparó, esa valentía narcótica que había tenido ante la necesidad de darle una respuesta casi real a Verónica perdía rápidamente su efecto, una sensación de terror consumió mi cuerpo y sin poder evitarlo mis piernas temblaban.
-Buenas… alguien en casa… aquí ¿Madame de Sair? – dije temeroso.
Imaginaba lo peor. Mi mente se desligó de la cordura y pronto comencé a ver al mundo desde mi propia terrorífica visión. El fuego de las velas a momentos se disparó formando garras que tratasen de consumirme en llamas, vívidamente contemplé en cada uno de los candelabros formas de elementales furiosos, llenos de rabia, amenazando con abrazar en sus brasas infernales los cimientos del maldito edificio de no querer entregarme a su ritual nocturno. Mi mirada huyó de las flamas iracundas para verse cara a cara con las cortinas, ahora en ellas el hermoso rojo carmesí no era más que asquerosas y húmedas manchas de sangre fresca, aún goteantes, aún tibias como en el cuerpo donde se encontraba, aún clamando por volver al cadáver horriblemente cercenado por herramientas de cocina antes de convertirse en aire evaporado. La impresión era demasiado, temblaba como si una brisa fría hubiera llegado a lo más profundo de mis huesos, no podía reaccionar, caí al piso, trataba de moverme, pero sufría de un ataque sólo comparable al de un epiléptico desahuciado en el medio de la nada, apenas contemplaba mis manos incapaces, estás ya no eran parte de mí, sólo se abrazaban buscando refugio mientras yo deseaba arrastrarme para salir de aquí, mis ojos se cerraron para no confrontar más a estos demonios, mi cuerpo en su elasticidad se contorsionó para perderse en él mismo. Entonces, a mí, volvieron los sonidos, el primero fue un golpe seco, era la puerta, mi única escapatoria de este perverso lugar se había cerrado, sólo pude decirme a mí mismo… “es sólo el viento”… mi capacidad de deducción me llevó saber lo contrario, no habían ventanas en este lugar, era imposible que fuera el viento, lo siguiente fueron pasos, alguien se dirigía hacia mí, no podía controlarme, las manos inútiles, mis ojos inamovibles, mi cuerpo entregado, todo era un caos dentro de una profunda la locura. Y lo vi, la única manera de escapar era volviéndome una bestia, usar el miedo como mi única fuerza, controlando mi mandíbula me levanté como pude y me lancé gritando contra el asesino, sí, él me había seguido entre las sombras, todo esto era parte de su siniestro plan.
- Ven a mí – grité – Es mi muerte lo que deseas… – clamé – ¡VEN POR MÍ MALDITA SEA!

Corrí a hacia el sonido y abrí los ojos, vi la sombra, lancé un golpe contra mi enemigo, mi némesis, mi pesadilla, mi mensajero de la muerte para dar rienda al combate.
- Mauricio, no tienes nada que temer.
Mi puño fue detenido con suavidad por manos sedosas. Era la figura de una mujer delgada entre las sombras y he decir ahora, y para siempre, que nunca contemplé imagen tan hermosa. Fui instantáneamente embelesado por ella, lo llamaría lo más cercano a amor a primera vista sino fuera que mis sentimientos en ese momento eran totalmente carnales. Sus ojos eran grandes, vistosos con un aire del medio oriente, llenos de magia infinita sin la necesidad de ser más que un marrón claro que al observarte se adentran en lo más profundo te tu alma. Con su belleza había vuelto a mí la cordura.

- Viniste a verme, tenías preguntas y yo tengo respuestas. – Dijo ella.
Su voz era suave y calmada. Desde el primer momento supo mi nombre, yo no creía en poderes del más allá, sin embargo, era ella una pitonisa y mínimo debería saber eso para poder ser considerada tal por lo cual no me sentí sorprendido, había venido a conocer el poder de los artes ocultos, y aunque pudiera estar engañándome en juegos de estafadores, ella me hacía querer creer en él. Ella me tomó la mano y me dirigió entre el laberinto de cortinas. Era una guía muy hábil que se adaptaba con facilidad a mi velocidad de caminar, cruzamos varias pequeños salones divididos por las telas hasta llegar a una gran mesa redonda cubierta por un mantel rojo, en el medio había una bola de cristal, como la de cualquier adivinadora arquetípica. La mesa estaba mucho más iluminada que el resto del cuarto, pues dos velas le daban luz. Ella me invitó a sentarme en una silla y yo acepté complacido. Ella tomó la silla frente a mí, en ese momento, puede verla completamente: a partir de un largo pañuelo rojizo salían sus largos cabellos ondulados que cubrían con facilidad toda su espalda y parte de su rostro, entrelazado entre ellos una flor, portaba largos zarcillos dorados, en su cuello colgaban varias collares, rosarios y un par de extraños amuletos, tenía un largo vestido rojo con bordes dorados que arrastraba una larga falda al piso, sus manos eran grandes y sus dedos parecían los de un pianista, largos y fuertes, llenos de misteriosos anillos que variaban en forma y tamaño. Ahí estábamos los dos, uno frente al otro.

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