lunes, 8 de agosto de 2011

El Negro - Parte 1 (2008)

El Negro – Por Anaris Silva.
¿Qué era esto? Acaso un dejo de felicidad. No. Toda esta sensación de sangre corriendo rápidamente a través de mis venas y sobre mi cuerpo, mi corazón palpitante con un ritmo de alegro, la respiración excitada a más no poder y mi rostro riendo sin compasión no podían describirse así. Esto… esto tan poderoso que me abraza y hace temblar cada minúscula porción de mi ser… es… es un frenesí, un delirio, algo hilarante, la realización del espíritu, la ascensión de mi alma o quizás… lo más hermoso a lo que se puede acercar la locura. Había probado la venganza con su dulce sabor y me encantaba. 
“…disparaste ocho veces…”
Horas después mis manos estaban atadas por un par de esposas peor que el matrimonio. Todo había sido muy borroso y confuso. Las últimas horas en mi vida habían sido un tanto irracionales y no había podido seguir todos los eventos hasta un lógico presente, pero ya estoy aquí de vuelta. Veamos mi alrededor, este cuarto huele a líquido estancado, más bien a orine. Abro los ojos, desalentador cuanto pude ver. Dos hombres que por sus barrigas puedo reconocer como policías, uno con uniforme y otro sin él, vestido de civil, quizás un detective o algo parecido. No hay ninguna razón para que me tengan así ¿Qué carajos hice? El de uniformes se acerca y me pregunta algo.
“Así que… le disparaste ocho veces en defensa propia” 
Oh, claro, eso.
“Sí…”- le respondí.
Estaba golpeado por doquier, me habían mal tratado y lanzado de un lugar a otro como un tronco pesado que nadie desea en verdad cargar. Durante ese viaje, entre empujones, mi cabeza había sido la victima del asfalto y las paredes varias veces hasta dejarme semi-aturdido y a momentos sentir mis oídos volverse sordos.
“Ocho veces. Una vez en la pierna, dos en el pechos y cuatro veces en el corazón” – dijo el uniformado.
“Espera… son siete” – menciono yo.
“¿A quién corriges? Cállate”.
“Fueron cinco en la cabeza”.
“Sí, eso dije, cinco a la cabeza. Mira, mejor te pones suavecito y cooperando, déjate de pendejadas y responde mi pregunta” – dice en tono engreído. 
“No son peor que el matrimonio”.
“¿Qué dices?”.
“Perdón, me hablaba a mí mismo”.
“Nos salió loco el muchacho. Ahí está, el carajo está loco ¿Eso no es suficiente motivo?”.
“No, no lo es González.” – dijo el policía sin uniforme.
“¿Qué necesitamos para declararlo loco? Se habla a sí mismo, no sabe cuántas veces le disparo, estaba bajo los efectos de drogas psiquiátricas, alcohol, narcóticos, psicotrópicos, analgésicos estimulantes y varios poderosos laxantes… y podemos agregar poner un intento de suicido en el expediente y nos vamos a dormir”
Un policía con sentido del humor, era algo gratificante para tener en un escenario tan poco agradable. 
“No funciona así”- dice el detective.
“Ok, ok… está bien, hagamos que hable”.
Ante su manera de hablar me hace sentir insignificante. Estoy ahí como una cuestión de burocracia, un loco más que agarran en la calle, no puedo creerlo, otro anuncio más en los periódicos amarillistas. Al menos espero ser uno grande… con una buena foto.
“¿Le disparaste ocho veces?”- me repite en tono de pregunta el hombre de azul.
“Ya le he dicho que sí, positivo, afirmativo. Yo le disparé ocho veces y no me arrepiento de haber disparado ni una vez”. – respondí.
El oficial con uniforme azulado le dio vuelta a la mesilla frente a la cual estaba sentado. El otro estaba reclinado sobre un pared con un letrero de no fumar, ante mi sorpresa no había ningún gran cristal o espacio obvio desde donde me pudieran ver desde afuera como en las películas… éste espacio parecía más improvisado… incluso al verlo bien, observé que en una esquina había un retrete. Era un baño, un maldito y desgraciado baño. Un momento ¿Por qué había la sala de interrogación estaba en un baño? El uniformado me golpea el estomago. Trago saliva… y probablemente moco. 

“Muy bien ¿Por qué le disparaste ocho veces al desgraciado?” – pregunta él.

“Porque se me habían acabado las balas” – ya sin importar nada confesé.

“No seas estúpido. Lo que nos interesa son las razones para el homicidio y deja de hacerte el payasito” – me dijo.
Algunas personas hablan demasiado rápido, no tragan su propia baba, no se dan espacios al hablar y, sin poder evitarlo, escupen al hablar, este policía regordete era uno de los peores ejemplos de ello. Deseando no estar esposado para limpiarme la cara, lo observé y bajé el rostro para protegerme.

“¿Acaso eso importa? Lo maté en defensa propia… lo dije cuando me capturaron y lo digo ahora” 

“Ya escuchamos eso mierda, ya te escuchamos mientras chillabas como una perra asustada y sabemos toda esa basura, explícate de una vez maldita sea” dijo el policía en su traje casual interrumpiéndome. 

“Es una larga historia oficiales…” dije.

                El policía uniformado se sentó del otro lado de la mesa dejando su peso caer cómodamente y mostrando su figura mucho más grotesca al ver su barriga posarse sobre sus piernas.

“Danos la versión corta” – me respondió el detective.

“Era un cabrón y se lo merecía”

                El policía en su sucio uniforme hace señales para golpearme con la silla y el otro niega. El detective se acerca a la mesa, toma la silla que queda libre dentro del único bombillo de la sala y se sienta. El uniformado bajo la silla, posando el espaldar en la frente y me mira.


“Me caes bien amigo, hagamos algo, te daré una oportunidad para que me cuentes la versión larga” – dice el detective. 
“¿Con todo los detalles?”
“Sí, por favor, expláyate en los detalles, déjame saco algo para anotar”.
“Resulta que el oficial presente, estudia psicología…. Y le gusta escuchar la mierda que tienen que decir los homicidas” – dice el uniformado. 
“Nunca estuve claro… un homicida es como un suicida”
Ambos se ríen de mí ante mi pregunta.
“Te explico ¿Sabes que algunas personas se matan?” – dice el gordo de placa.
“Eh.. . sí, claro, eso dicen”.
“Bueno, un homicida es lo mismo pero al contrario, mata a otras personas. Familiarízate con el término, tú eres uno de ellos”. – concluye el gordo.
“Genial ¿No recibo un premio?” – digo con cinismo.
“Tres comidas todos los días, vista panorámica, compañeros de cuarto extremadamente amables y duchas colectivas por durante los próximo treinta años de tu vida, todos los gastos cubiertos por tu gobierno revolucionario”. 
No puedo evitar pensar: mierda.
“Coño, sólo te faltó música González”.
“Deberíamos inventarnos una… algo que empiece con TA RA RÁ “Gobierno Boli…””
“ Ehem… si no los interrumpo. Puedo alegar que fue en defensa propia”.
“De pana, panita, pana…. Tuviste mucha puntería para que fuera en defensa propia”. – dice González.
Llevo rato nervioso, como es de complicada la psique de un hombre que tuve todo el pulso necesario para disparar a un hombre desarmado y, aquí, ante dos hombres poco aficionados del ejercicio mis manos tiemblen como si fuera una niña embarazada. Yo he matado gente… bueno, una persona, pero he matado, como puedo sentirme tan impotente, pensé que luego sería un gran hombre, de voluntad pétrea, alguien que se diera a respetar pero es imposible que un hombre que se ha meado encima jamás logre eso.

“Pero puedo explicarlo, realmente” – les digo.

“Déjalo que lo explique González, pon la grabadora y escuchemos la historia de este hombre” 
El detective me mira directamente a mis ojos. Veo que González coloca una grabadora sobre la mesa. El olor penetra mis fosas nasales. Empiezo a respirar por la boca y tomo aire. Tenía que convencerlos, era mi oportunidad de salir ileso de este encierro y darle de nuevo cauce a mi vida. 
“Esto va a estar bueno” – Clama el bufón.
               En ese punto, me limité a comentar mi historia, con todos los detalles…

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