Por vez primera disfruté uno de las facultades de los hombres solitario y me paseé en ropa interior por toda la casa, abrí la puerta del baño que pocas veces había usado. Cerámicas de un imperturbable blanco, una decoración minimalista por no decir ninguna, un aire húmedo alrededor que se sentía fuertemente y una luz proveniente de una lámpara plateada en el techo. Una sala de baño muy elegante para lo que estaba acostumbrado. El sanitario era grande y espacioso, se veía de una contextura fuete como las cosas de antes y estaba conectado en su parte trasera a un tubo que subía hasta donde se encontraba con un depósito de agua y a un lado una larga palanca. Me detuve ante el espejo, le limpié el polvo con mi mano, observé mi cuerpo por unos como es de costumbre para saber si estaba más gordo, más flaco, más tosco o con más años, definitivamente más gordo, definitivamente más delgado, todo según lo dictaminaba la luz del baño. Al final, decidí no afeitarme, sólo iba a ver a una bruja y no tenía que vestirme para ninguna ocasión. Tiré lo que restaba de ropa. Me encerré en la regadera y abrí una de las manillas, el agua cayó, demasiado fría, usé la otra llave, demasiado caliente, traté de combinar ambas hasta crear una combinación apropiada. Usé un jabón que había robado de un hotel hace unos días, de esos blancos con pequeñas piedras y al enjabonarme alguien tocó la puerta. Mi rostro a través del vitral de la regadera se clavó sobre la manilla, era el viento, un golpe resonó con mayor profundidad ¿era el viento? y tontamente se me ocurrió.
- Está ocupado… ¿Quién anda ahí?
- Está ocupado… ¿Quién anda ahí?
El viento no me respondió, nada lo hizo y me sentí en calma. Volví a mi baño, respondiéndome las maneras más ilógicas la lógica tras este suceso y me forcé a creer que eran mis propios fantasmas, presentes pero inexistentes, que me persiguen sin poder yo hacer nada. El sonido del agua cayendo fue relajante por un momento cuando sentí que un golpe estruendoso cayó sobre la madera, y a falta de ventana a donde escapar, cerré mis ojos. El golpe ahora fue constante, temía que fuera uno de mis abominaciones, creadas por mí, inventadas por mí, tan fantásticas y reales, no podía evitarlo, no era el viento, era un demonio proveniente de otro mundo. Cerré mis puños, el golpeteo continuó, me arrodillé en la regadera y grité.
- ¡No, por favor… no!
El golpeteo fue rítmico, dos segundos entre intervalos, no podía más con el pánico y actué bajo el instinto. Abrí la puerta de la regadera, mejor dicho, la tiré al intentarlo. Tome la vara donde se colocan las toallas y la empuñe en la mano, tomé un respiro profundo y con una fuerza inusitada abalancé toda mi violencia al maldito monstruo… a la absoluta nada. Una ventana abierta había sido la culpable, corrientes de aire fuerte y una lluvia ligera y… y… y mi locura. Tan estúpido quedé ante mi mismo, yo sólo ante la casa en un estado tranquilo. La sala era muy amplia.
Me vestí con ropa arrugada tras mi viaje, unos pantalones marrones, una camisa azul y una sensación profunda de desilusión. Por momentos, hubiera preferido mil veces haber visto un cruento demonio o una aparición, y no enfrentarme a la cruel realidad de mi mente. Sin más, decidí llamar un taxi con el teléfono de una línea que usaba normalmente, sonó el teléfono varias veces y posterior a ocho repiques alguien contestó.
- Sí, envíen el 53 al Aventurero.
- Aló…
- No, no hay servicio disponible señora, lo lamento.
- Aló… ¿Me escucha?
- Si no hay servicio… ¿qué quiere que haga? No, no consigo ninguna en el área… tampoco fuera… y no el 23 está de vacaciones. No, no sé dónde.
- ¿ALÓ?
- Un segundo señora. Taxi Mar ¿En qué puedo ayudarlo?
- Podría enviar un servicio a la Floristra, Casa Clarissa, Módulo 5.
- Sí, ahí va uno, un carro blanco.
- ¿Modelo?
Por alguna reacción automática cerró el teléfono. Entre tanto tráfico de información era muy difícil que pudiera concentrarse y su manera de hablar fue bastante rápida y puntual, algo que agradecía. Me senté en uno de los viejos muebles de la sala, recogí el periódico de la sala y miré la dirección del lugar, al parecer atendía sus clientes en un antiguo teatro, algo inusual. Me pregunté si debería llamarle para hacer una cita o algo, pero después de todo decía veinticuatro horas y no pensé que fuera necesario. Una corneta sonó afuera, el taxi había llegado de manera expedita. Abrí una de las puertas que conformaba la entrada principal y pude ver una noche agitada. La lluvia se mostraba de manera tranquila cayendo de manera suave y a pequeñas gotas, el viento por otro lado parecía un respiro profundo que intermitentemente inhalaba y exhalaba ráfagas frías, la luna apenas se mostraba entre las nubes y las luces de mi urbanización alumbraban en breves círculos de luz. Pensé en ponerme el periódico sobre la cabeza, pero no quería arriesgarme a perder la información, fui rápidamente por una chaqueta de entre mis maletas que había dejado cerca, la saqué y al levantar mi vista vi una silueta caminar al estudio, me estremecí y decidí irme cuanto antes y cerré la puerta de un fuerte golpe. Corrí hasta el taxi blanco, cruzando mi patio enlodado y abrí la puerta trasera del auto, entré apurado y algo agitado.
- Buenas ¿Hacia a donde? – dijo el taxista
.
Él apenas me veía por el retrovisor. Quise saludar pero mi atención quedó clavada sobre la ventanilla frontal del vehículo. Un gran círculo de presión se formaba y pequeñas rupturas superficiales del vidrio se extendían a partir del como una telaraña. Él se dio cuenta de mi curiosidad.
- Eh, hola, disculpe, ando distraído. Vamos al Primer Teatro Nacional.
Él apenas me veía por el retrovisor. Quise saludar pero mi atención quedó clavada sobre la ventanilla frontal del vehículo. Un gran círculo de presión se formaba y pequeñas rupturas superficiales del vidrio se extendían a partir del como una telaraña. Él se dio cuenta de mi curiosidad.
- Eh, hola, disculpe, ando distraído. Vamos al Primer Teatro Nacional.
- ¿Seguro no se refiere al Teatro de Bellas Artes? –preguntó el taxista.
- No, no, al Nacional.
- Vaya, poca gente he visto que le guste ese espectáculo.
- Sí – dije queriendo decir nada.
Él arrancó, el sonido del motor arrancó y sentí el movimiento de desplazamiento, mi mirada por un momento quedó atrapada en aquella casa. Luego, razoné ¿Espectáculo? Se supone que voy a una especie de bruja, gitana, prostituta o como quieran llamarlo. No deseaba entablar una discusión, quería llegar rápido y sólo contemplar el camino si era posible… no indagué en lo que dijo. Al pasar unos minutos no hubo nada mejor que ver que el gran vidrio roto, varios escenarios en mi cabeza me hacían imaginar por lo que había pasado este taxista pues no deseaba preguntarle nada y el atrapó mi mirada por el retrovisor.
- ¿Quiere saber qué le pasó al vidrio del carro?
- Eh… sí, pero no quiero molestar.
Esa expresión, le pude ver los labios fruncir un poco y luego su mano tocó su frente. Estaba recordando algo, conozco esa cara. Después de verlo, me di cuenta que era bastante gordo pero de una contextura fuerte y por la forma de colocar su espalda pesaba una gran cantidad de tiempo sentado. Su piel era oscura y ya estaba casi calvo.
- Te contaré. Ya uno no pude confiarse de nadie en esta ciudad. Fue una carrera que conseguí, así, por afuera. Era un tipo bien vestido, de traje y corbata, traía una maleta plateada en la mano. Se veía que era un tipo con plata, o eso imaginé yo. Tomé la carrera y lo monté. Me dijo que quería ir al Kristoff y yo me lo llevé…
Mientras relataba me acomodé en el auto y sentí una pesadez profunda, algo así como un adormecimiento mágico y vi una oportunidad de descansar. Escuché al hombre en ese estado de medio dormido y medio despierto.
- Pasando bajo un puente, el hombre saca una senda 44. de la maleta plateada…
Me desperté un poco ante el relato y pregunté.
- ¿Qué hizo usted?
- No sé que fue lo que pasó, fue instantáneo, le tomé la cabeza y le reventé la frente contra el vidrio, lo hice una y otra vez hasta que soltó la maldita arma, así se partió el vidrio, recuerdo su rostro lleno de sangre. Agarré el arma y la boté, paré el carro, me bajé y lo golpeé varias veces hasta que ya no reaccionó.
- ….¿En serio?...
- Sí.
- ¿No lo llevó a la policía?
- ¿Para qué? No creo que era necesario después de todo, cuando eso sucede, uno no piensa las cosas, lo único que viene a la mente es la niña, mi esposa y…. lo que uno quiere pues, no pensé en nada.
- Sí, ya no se puede confiar en nadie –dije.
No pude evitar sorprenderme ante el relato y me quedé mirando esa fractura cristalina por un rato, imaginando al criminal siendo azotado repetidamente sobre el cristal. Miré de nuevo la carretera y vi que ya llegábamos. El teatro era grande, su estructura era antigua de estilo colonial, con ventanas ornamentadas y amplias y una gran escalera que dirigía al acceso principal al vestíbulo. Había una estatua fornida de tigre cerca y todo el lugar poseía una combinación del gris granito y unas desgastadas decoraciones plateadas. Le rodeaba varios edificios residenciales de poco movimiento, los faros iluminaban pobremente y algunos no servían. Varias casas improvisadas y un parque solitario componían partes de otros lares cercanos. En general, todo era muy tenue. El lugar estaba desierto en sus afueras. Las piscas de agua se manifestaban aquí de la misma manera que en mis aposentos.
- Son 20 ¿no?
- Sí.
- ¿Tiene cambio para 50?
- Déjame ver… sí.
- Hasta luego.
- Tenga cuidado, este lugar es peligroso.
- Sí, gracias por el consejo –dije como única respuesta.
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