lunes, 8 de agosto de 2011

El Negro - Parte 2




                   Debo aceptar que soy un hombre terco. Uno de esos que jamás dan su brazo a torcer e insisten en un mismo punto hasta que no haya otra opción pues sé que de alguna manera siempre tendré la razón. Cuando era pequeño y mis manos no alcanzaban la alacena, en una noche de lluvia, encerrado en cuatro paredes húmedas de un pequeño apartamento, escuché el timbre de la puerta el cual mi madre atendió y salí corriendo a darle la bienvenida a mi padre. ¡Ah, padre! Un hombre ejemplar dedicado al trabajo y cariñoso, lleno de un aura de propiedad y seguridad que otros carecen, para mí irrefutablemente un centro de sabiduría y total comprensión, ser preparado para la guerra y la peor de las tormentas. Sin embargo, al abrirse la puerta por el viento agitado de las afueras, una luz de relámpago vaticinó el segundo peor de mis días, y pude ver en su rostro siempre serio la peor de las sonrisas, en sus ojos nobles un hipnotismo cruel y en el porte total y recto de su cuerpo una inclinada espalda sin equilibrio. Abrió la boca y dijo “¡Buenas noches noches mi bien amada!”, mi madre respondió “Estás borracho Hora, totalmente borracho”, él sólo pudo decir “¡No, mi amor, sólo estoy alegre, totalmente alegre!”, pero aún yo que creía todas y cada una de sus palabras, sabía que no era verdad ya que un terrible tufo amargo lo delataba, así pude descubrir la mentira. “Sabes que odio verte así, vete de esta casa hasta que te compongas” gritó ella, mi progenitor dio un paso adelante y le golpeó la cara “¡Callate mujer! Dañas una perfecta noche de amor, el hombre romántico que tanto extrañas ha vuelto a ti…”. No puedo explicar en palabras simples como me era imposible hacer absolutamente nada, mi cuerpo estaba inmóvil tal como si una fuerza superior se hubiera apoderado de mí, en un esfuerzo de valentía intenté hablar, recuerdo lo que dije… “Padre…” antes de que me golpeara con una cachetada y me dijera “¡Callate! No te metas en conversación de mayores, sólo habla cuando se te hable. Vete a tu cuarto, vete”, mi madre golpeada asintió con su rostro e hice caso, y así sentí lo que era el miedo. Corrí apresuradamente de vuelta a mi cuarto y lloré, lloré tapando mi rostro en una almohada hasta casi ahogarme en mis propias lagrimas y mocos, sólo pude escuchar a mi madre gritando, una y otra vez, y la risa de mi padre… no mi padre, de otra persona repitiéndose en conjunto, y así supe lo que era realmente la decepción. El alcohol lo había convertido en una persona cruel e irreconocible, en algo más que un simple patán, en algo cercano a un monstruo. Esa noche, él no era él y yo, desde entonces, no sería yo.
Por eso, me prometí a mi mismo nunca beber, pero ayer tenía muy buenas razones para comenzar. Esos vividos recuerdos habían quedado en el pasado como una marca, una pequeña cicatriz que uno aprende a ignorar, a pesar de eso, toda herida se abre de vez en cuando para sangrar, y hoy había tenido una pesadilla con ella. Me conozco a mí mismo, esa memoria no era el verdadero pesar que hacía hoy el peor de los días. Sintiéndome tan común como todo hombre, no era capaz de negarlo, pensaba en una mujer. 
Resulta como es común, que ayer era el día posterior a mi cumpleaños, y en la jornada de mi cumpleaños vigésimo segundo recibí una llamada de la única persona que jamás había amado. ¿Por qué única? Era una cuestión de egoísmos, siempre sentí apreció por mis seres cercanos, pero jamás se había desatado en mí el amor o una fuerza tan abrumadora parecida al sentimiento de felicidad y totalidad que ella me hacía sentir. A mi madre, la apreciaba, a mi padre, le tenía respeto, aunque no demasiado, a mis amigos, les quería, a mi perro, le tenía cariño, pero amor tan profundo como mover los inmensos témpanos de hielo en los que subsiste mi corazón, sólo ella. Ante ella, mis fortalezas heladas se habían derretido para volverse un manantial tranquilo que alimentaba las raíces frondosas de un árbol que había nacido con ramas y hojas que se atrevían a cubrir toda la luz del sol para protegerme en su sombra. Todo eso y más, era ella para mí.
Entonces, llegó esa llamada.
Recuerdo haberla recibido en la mañana, estaba hablando con mi madre, que se había ya separado de mi padre biológico y ahora estaba felizmente divorciada, me había abrazado y me había regalado un hermoso reloj dorado, siempre fue fan de los relojes, sobre todos de los más brillantes y esplendorosos. Tomé el teléfono y dije “¡Alo!”, “Hola…” no dijo HOLA, MI AMOR, con es ternura característica de ella, ternura que siempre acepté por dada y nunca realmente aprecié hasta perderla, “¿Sucede algo? Te escucho apagada”, quería saber lo que le ocurría, un mal presentimiento me caminaba por la espalda, “Tenemos que hablar”, y cuan odioso es el momento en que las personas se ponen serias y sólo pueden reaccionar con frases clichés, frases que hemos escuchado pero que a la vez significan tanto, ese Tenemos que hablar no era un Me duele la cabeza o quizás un mi Madre murió, era una alerta roja que alumbraba todo mi derredor en luces rojas y que gritaba en Inglés “Alarm! Alarm! Nuclear reactor overheating”, nuestra relación está en peligro, pero hay un código a respetar para esto, tenía que tomarlo con calma “¿Sucede algo?” sí, era obvio que sucedía, sólo quería que continuara hablando, “Sí… es que Ricardo” Ricardo, ella me llama amor, querido o sandía tropical, pero jamás Ricardo, no por el nombre que me dio mi madre ¿Cuándo dejé de ser la sandía? ¿Cuándo? “Lo nuestro no está funcionando…” Mierda y creyendo yo, de tonto e idiota, pensé que no podría haber algo peor y, entonces, dijo “Ya no es lo mismo” eso es en un noviazgo el documento de divorcio junto con la separación de bienes, los niños y el anuncio público, pero ella siguió hablando “No es como cuando comenzamos Ricardo…” ¡Claro! Todo cambia, los metales se oxidan con el paso del tiempo, los polos árticos se derriten subiendo el nivel del mar, gente muere, los alimentos caducan, nuevos artistas antes desconocidos son famosos y la vida sigue inevitablemente ¿Por qué yo iba a ser diferente? ¡Esperabas que estuviera eternizado en hielo, carajo! Y yo respondí “¿Quieres que terminemos? ¿Me llamas el día de mi cumpleaños para terminar? ¿Qué clase de regalo es ese?” y ella respondió “¡Esto va ocurriendo desde hace mucho, no puedo seguir negándolo!” Ósea, te vale mierda mi cumpleaños, puta. En ese momento, sabiendo que ella no era más su compañero sentimental y que yo no me la volvería a coger, tuve la genial idea de “Dime… ¿Qué pasó algo más?” y ella “No, nada, ambos sabíamos eso ya” No ambos hija de puta, no ambos “Puedes confiar en mí, primero fui tu amigo ante s de que tu novio, si ha pasado algo… dímelo” y la respuesta fue “Ok, te diré la verdad… he estado saliendo con otro, pero no lo conoces” algo me hizo recordar a un hippie de cabellos dorados asquerosos, flaco y desgastado por el tiempo, siempre contando acerca de su gran voluntad para decir cómo había superado los obstáculos de las drogas, como amaba el aire matinal, como le encantaba andar en su moto y como no cambiaba nada de esta vida por los animales, las flores y la luz de la mañana… y esa clase de mierda llega a ciertas mujeres “¿Cómo se llama?” Me atreví a preguntar y ella mencionó “Francisco”. Cuando amas a alguien, de verdad, a alguien por quien has cambiado tu vida, que por más monótona y vacía que puede ser es todo lo que tienes, es todo lo que tienes, se crea una unión especial entre los dos, una silente aura casi espiritual que hace que cuando ambos se vena sonrían, al tocarse la piel sientan una suavidad profunda, algo que les permite verse desnudos sin pena, que puedan compartir secretos muy guardados como algo normal, se vuelven los cómplices de un gran crimen, juntos para bien y para mal, que las fealdades y defectos se esfumen para montar en ellos un colaje de la persona por la que siempre has añorado y soñado, tu princesa azul ; algo tan fuerte como si fuera tu propio cuerpo. Yo en ese momento sentí, que alguien había cortado eso y entre nosotros, debido al vacío tan profundo del amor de tanto-te-quise, se llena un profundo odio empujado por la decepción. “¡CON EL MALDITO DROGADICTO DE MIERDA!” y ella se quedó callada, “¡TE ENAMORASTE DEL DROGADICTO!”, pues cuando odias a alguien o te molestas sólo puedes ver lo peor, y ella siguió en silencio “Pues púdrete, vete al carajo, haz lo que quieras, es más…” y una canción me dio las palabras “Ojalá que te mueras, ojalá que se abra la tierra y te trague para que todos te olviden, ojalá que te cierren las puertas del cielo, te vayas al infierno y sea eterno tu llanto, ojalá crezcan espinas en tu corazón, si aún te queda algo, y el dolor se vuelva tan insoportable, ojalá que todo tu mundo se quede vacío… Ojalá que te mueras” y el teléfono ya estaba muerto, tan muerto como mis deseos de vivir para mañana, tan inerte, flácido y endeble…
En mi cuarto había un lindo Teddy dorado que decía con un corazón “Te amo”, un brazalete rojo hecho de tela que ella había dejado una semana antes estaba sobre mi mesa de noche y que yo le había regalado cuando sin querer quedamos atrapados en una tormenta y al caerme con mi mano en un charco fue lo que encontró mi mano, habían libros con dedicatorias por todas partes por haber sido el regalo más difícil a elegir que le había tocado, foto de ellas adornaban mi cuarto, mi cartera y aunque en mi arranque de rabia traté de destruir todo cuanto pude vi la mancha que ambos descuidadamente habíamos dejado al hacer el amor en mi cama. Salí corriendo de ese maldito lugar, mi madre me trató de detener y sólo le dije “Claudia me dejó…” se detuvo ante todo y ella comprendió, tan fuerte para ella pues podía sentirlo, tan fuerte que una lágrima se disparó bajo sus parpados al yo pronunciar esas palabras. Corrí despavorido y no recuerdo como me perdí entre las calles, en una casa tras otra, en un barrio tras otro, en edificio en edificio, deambule como un pordiosero sin hogar hasta llegar la noche pues sólo fue hasta caer la oscuridad sobre mí que mi consciencia reaccionó y pude ver donde me encontraba.

Y esa noche… esa noche decidí beber. 
Había un viejo chiste, o más bien refrán, que me contó un amigo de la universidad, éste decía: “Un hombre va a la policía, él les dice que un grupo de hombres lo asaltaron a mano armada, le quitaron su dinero, sus prendas y luego cada uno de ellos lo violó. Entonces, el policía le pregunta un tanto conmocionado ¿Dónde fue eso? Y el hombre le responde que fue en el Barrio las Tres Puñaladas. El policía se tranquiliza ante la respuesta y le pregunta ¿A qué hora fue eso? Y el hombre le responde a las 3 de la mañana. Finalmente el policía le cuestiona diciéndole, usted querían que se lo cogieran… ¿QUÉ CARAJOS HACÍAS A LAS 3 DE LA MAÑANA EN EL BARRIO LAS TRES PUÑALADAS?”. Claro, en verdad, no es un chiste gracioso, es más una reflexión de la falta de sentido común que mucha gente puede tener. La razón de recordar tal anécdota era, que la ciudad en sus entretejidas calles e improvisado asfalto me había llevado al Bar “Las Tres Puñaladas”. Pensé que eso sería en honor al chiste… o quizás una anécdota, pero lo peor de todo era que quizás yo mismo, ese día, era una de esas personas que tanto decía que merecían morir por idiotas, selección natural post-modernista me jactaba de comentar, y entre tanto y todo, a pesar de mi gran inteligencia y prevención, contra mi sentido común y mis malditas palabras, era un imbécil motivado por la peor de las razones para caminar en plena noche, en una zona roja, rodeado por personas sospechosas, sin conocer salida alguna… para ir al bar de las “Tres Puñaladas”.
Cruzando la calle detallé un tanto la construcción del dichoso lugar de mala muerte. Era un improvisado bar decorado con una variedad de luces de neón con colores chillones, ya saben, esos que poseen una calidad de brillo exagerada, los colores eran rojo sangre y azul rey. Todos los anuncios se encendían, se dividían por partes para hacer hileras de luces con figuras, y en sus juegos lumínicos decían “Café… por la mañana, Pizzeria por la tarde…, Bar… en la noche y Puticlub… más tarde”. En ese instante, un grito llamó a mi atención: “Te hacen mierda ¡pilas!” y me lancé a un lado, esquivando la velocidad endemoniada de un carro que ante la nocturnidad se había vuelto un resplandor fantasmal, apenas me dio tiempo de ver uno de sus vidrios bajándose, luego una mano salir de él, amablemente tirando unos centavos en el suelo e inmediatamente con un ademán de su dedo del corazón el conductor me dice “¡Sentate aquí, márdito vago!”. En el piso, sólo vi al carro escaparse con velocidad en la ciudad, miré a un lado para ver quién me había salvado de severas contusiones de mayor grado, era un borracho en el otro lado de la calle, muy sonriente, de barba blanca, sosteniendo una botella de licor, totalmente vacía, un talismán de la buena suerte, me veía sonriendo esperando el único agradecimiento que puede esperar un pordiosero y juro sobre la tumba de mis ancestros que le hubiera dado todo mi dinero, pero me dio asco si quiera acercarme a él y a su tufo, y a todo lo que él representaba. Dejé al indeseable donde debía estar, al otro lado de la carretera, suplicando por una limosna que no ha de llegar, claro, no me retiré sin decirle “¡Qué dios te lo agradezca!” pues yo no. Me olvidé del borracho con sus vicios y continué mi camino al bar.
Sabiendo que era demasiado peligroso detallar el edificio en plena carretera, me acerqué en la acera y efectivamente, mi sospecha se confirmó, era el viejo Hotel Vivaldi, un hotel de tres o cuatro estrellas que eventualmente fue abandonado por sus dueños reales y luego fue invadido. Al parecer, fue una conquista absoluta pues era un lugar llamativo posicionado en el peor lugar de la ciudad, y a la vez, uno de los más poblados. La entrada era amplia, eran un par de puertas de madera, mal pintada a brochazos, pero en apariencia resistentes. Grande era el hombre en la entrada, casi de dos metros, o… ¿más? Obviamente, era la seguridad, él sólo era toda la seguridad y yo podía dar testimonio cierto por su tamaño, de su inmensa barriga, de su cabeza calva, de sus piercings y diferentes tatuajes tribales divididos por su cuerpo… y sobre todo por la escopeta recortada que cargaba a la espalda. Antes de entrar, el gigante me observó con desconfianza y me saludó de una manera inesperada.
“Hum… ¿Drogadicto?”
Dios mío, su voz era como la de un novato cantante de cuya boca no salen más que guturales sonidos apenas entendibles, algo imposible de comprender por un extranjero y una hazaña para una persona nativa de un idioma. 
“No… yo…”
“¿Maricón?”
“Menos… vengo por una…”
“¿Puta?”
Era casi como si un gallo pudiera hablar y el gallo fuera realmente molesto.

“No… bueno, quizás, déjeme”
“¿Emo? ¿Pederasta? ¿Traficante de órganos? ¿Mula?”
“No, no, no…”
“¿Voyerista? ¿Reprimido sexual? ¿Virgen? ¿Documentarista? ¿Masoquista?”
“Disculpe, no soy nada de eso”
“Y qué hay de… ¿Actor porno? ¿Retrograda? ¿Huele pega? ¿Gigoló empedernido?”
“¡Ya basta!”
Luego lo miré, parecía que estaba gruñéndome cuando dije eso. Y al ver a ese monstruo gigantesco, capaz de hacerme pedazos con un simple movimiento dije.
“¿Poeta? ¿Artista plástico? ¿Músico? ¿Policía? ¿Político? ¿Bisexual?”
“¡Ya basta! Lo acepto, soy homosexual… justo como dijiste”
“Claro, si no fueras nada de eso ¿Para qué vendrías al bar?”
¿Tan bajo he caído? ¿Acaso el hombre de donde sale mi mirada se ha denigrado a esto? Y la respuesta era un sí rotundo. Inesperado eran los complicados hilos que entretejían el destino de una vida, un mal crucé en una calle, una llamada telefónica o tan siquiera un prolongado pensar acerca de mi triste situación había sido suficiente para… para ésto.
“¿Puedo entrar?” – pregunté.
“Claro, sólo me gusta conversar”.
¡Qué tipo más amable! O eso pensé al menos en ese momento, es como aquella sensación que uno tiene al cruzarse con un desconocido en un escenario perfecto para la tortura y el asesinato, y pues nada pasa, esos momentos en que te alegras que tu vida sea triste y aburrida. Seguí adelante en la entrada del bar, no me despedí del vigilante ya que me sentí molesto al darme cuenta que no era una amenaza real, mis pesadillas se deshacían con cada momento en que nada pasaba. Muy dentro, sabía el porqué vine al Café- Pizzeria – Bar – Puticlub “Las Tres Puñaladas”, era una especie de suicidio moral, esperaba que algo me sucediera que me sacara de la mente a esa maldita mujer, así en el peor de los casos fuera la muerte.
La puerta del bar rechinó por sus bisagras oxidadas cuando la empujé, era grande, metálica y estaba atascada como si una puerta secreta tratase, la intenté empujar de nuevo, tan duro cual caja fuerte. La voz desgastada del vigilante dijo “Jale” y como en toda puerta de un McDonald vi pegado un anuncio: “Jale”. Confirmé el hecho de que mi consciencia apenas se encontraba conmigo y si no hubiera estado tan ofuscado, me hubiera preocupado.
Jalé. La puerta se abrió. La música tomó mis oídos de golpe. Violeta amatista, amarillo ámbar, celeste cerúleo, azul zafiro y rojo escarlata cegaron mis ojos, las fluorescencia lumínicas del inmundo lugar contrastaban con mi opaca noche, no puedo negarlo, y más allá que por los olores encontrados de mota, cigarrillo, tabaco y otros aromas irreconocibles para mí, en ese húmedo lugar, parecía contemplar mi propia primera irrefutable reacción a las drogas. Un golpe seco cerró la salida detrás de mí, estaba totalmente confundido. Había una voz digitalizada cantando en inglés a gran velocidad, sonidos eléctricos amenizaban el lugar junto a un golpeteo metálico repetitivo de una batería. Mucha gente alrededor de mí parecía bailar, pero lo hacían en una especie de trance cuasi-hipnótico, era un frenesí en conjunto donde las pieles sudaban encontrándose unas con otras, no había conversación alguna, los rostros estaban llenos de sonrisas, todo pensamiento había sido olvidado detrás de la entrada. 
Extrañamente, todo este escenario, tenía un efecto anestésico sobre mi dolor, en éste lugar parecía que el mundo me demostraba que la felicidad no se encontraba en el amor sino en una buena noche de furor desatado. Caminé entre diferentes tribus urbanas, entre los que se golpeaban unos a otros, los que se restregaban sus cuerpos en un movimiento plenamente sexual, los que les gustaba saltar sin parar y aquellos que hacían estupideces. Las luces que me había cegado eran titilantes, se disparaban con fuerza, luego desaparecían en instantes y sucesivamente cambiaba de color. Entre el violeta y un rojo carmesí, pude ver el bar más allá de la fiesta. Era una barra de luces blanca donde las personas más tranquilas se escapaban del tropel psicodélico para reposar. Yo estaba ahí para beber, para emborracharme, para perder mi virginidad etílica hasta desplomarme sobre el suelo y dejar de saber que existía. 

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