lunes, 8 de agosto de 2011

El Negro - Parte 4


¿Hay momentos en la vida que les gustaría tener el poder de regresar en el tiempo y cambiar lo que hiciste? A mí también. Me gustaría haberle robado un beso a Helena Carrera aquella vez que le recité un poema y parecía estática ante la dedicatoria. No echaría de menos haber dejado mis estúpidas clases de guitarras para mis sueños frustrados de tocar en una banda de rock y haber mejor practicado Karate. Sería totalmente increíble haber dedicado más tiempo a estudiar y menos a conseguir un trabajo mediocre y no puedo negarlo, me habría gustado haber tenido mucho más sexo con mi ex para no sentirme tan mal de que haya engañado, algo así como para en un futuro decir ¿Sabes qué Francisco hijo de tu grandísima puta? Será tu esposa, pero no tienes idea como la perforé y esos senos solían estar levantados antes de conocerla (Y también imaginé decírselo a su hijo cuando tuviera consciencia de entenderlo, pero la mente de vueltas) y sobre todas las cosas, me hubiera gustado haber sido una persona más expresiva, más suelta en su comunicación y no de esas que se callan las cosas, no se frustran y guardan dentro una carga asesina que en el cualquier momento se puede desatar en un botellazo, vidrios rotos, caras empapadas... creo que ya entiendo aquella canción. 
                El negro se reclinó sobre mí, los huesos de su espalda sonaron en una orquesta, bajo su mirada sobre mí, retadora, furiosa y llena de una rabia comparable sólo a la de las bestias cuando tienen su presa por el pescuezo. Yo fui por segundos valiente, lo miré en los ojos, estaba dispuesto a pelear, tenía todo un arsenal de botellas, vasos, bebidas exóticas y limones para lanzar y no tenía pretensiones de aguantarme. Nuestras narices se rosaban una a la otra, mayor cantidad de gente nos empezaba a ver, música había parado, éramos el centro de atención. Sus manos se colocaron sobre mí para ahorcarme, estaba acabado, era el final de una triste vida, pero como triste en todo caso, feliz sería su final, vine aquí a morir y sólo me arrepiento de no haber tomado algo.
                Yo cerré los ojos, pensando en la belleza de mi futuro cadáver. Seré sincero, nunca estuve seguro de la diferencia entre un beso francés y otro cualquiera, ahí lo había descubierto, un beso cualquiera era como los que había dado toda mi vida, a pesar de usar la lengua, pero era una cuestión de moverla tontamente a cualquier lado como un niño que sabe que debe jugar fútbol pero por falta de coordinación siempre lanza la pelota fuera de la cancha, un beso francés, era lo que recibí, no cualquiera podía hacerlo, se necesitaba habilidad y tamaño, su lengua era gigantesca, casi como una serpiente que tal como una anaconda rodaba la mía y en vez de tragarme, pareciera dos reptiles eyaculando. 
                Debo aceptar que no soy gay, no me atraen los machos, pero por un momento amé a ese hombre. Luego, me lanzó a un lado. Abrí mis ojos del ensueño y ahí se encontraba mirándome. 
“¡Moral y luces son nuestras primeras necesidades! Eso dijo nuestro libertador, pero cuando tuvo que pelear contra los españoles, créeme, su espada fue amarga. Y tú, fuiste aquel a quién yo esta noche mi corazón di ¡Rechazo! No, jamás, aceptar algo tan triste y desdeñado es imposible para mí, lo que yo quiero lo logro y te quiero a ti.”
“¡Oh! – gemí yo- Desgraciado, déjame en paz.”
"Te di una oportunidad en lo social de ser mi amigo especial, pero te obligare a serlo ahora, aquí mismo y en frente de todos..." 
                Salidas ¿Dónde había una? Una lejos de ese orangután en celo. Estaba tirado en el piso, tendido en cuatro patas como otro salvaje y empecé a arrastrarme como gusano en peligro, como gusano porque iba muy lento, en el piso mis codos se clavaron con pedacitos de vidrio que había quedado de mi ataque, mis ropas se habían llenado de humedad y licores, todo en mi cuerpo había probado alcohol excepto mi boca. El negro me persiguió sacando a la gente que se interponía en el camino. Era tiempo perdido, era mucho más atlético que yo y sólo pude darme cuenta cuando me tomó de los pies, me arrastro, traté de clavar mis dedos contra el suelo, mis uñas que no me había cortado en días diciéndole a mi madre que eran para defensa natural no sirvieron para nada más que para una sensación terrible de dentera, traté de agarrarme de algo, del soporte de las sillas del bar, de personas, pero era demasiado poderoso. Me tenía en una posición de cuatro patas y agarrado por la cintura, empecé a sentir algo entre mis piernas y empecé a creer en dios el misericordioso como nada en mi vida. El negro empezó a reír como enfermo mental, me quitó la correa de golpe y gritó.
“Calixto Vega no conoce la decepción, no quieres venir por las buenas, tendrás que probar las malas, ahora mismo, considérame tu vida y la vida te va a dar una lección…”
                Arrancó mi camisa de golpe, la gente observaba, fría, distante, como si estuvieran en un show.

“Sólo imagina ¿Qué habrás hecho pobre muchacho? ¿Qué habrás hecho para merecer este castigo divino?”

                No, no quería ni pensarlo, pero el negro me iba a violar en pleno bar, a la vista de todo y podía ver los flashes, las fotos, la video cámara y le futura película porno. La humillación, el dolor, la situación y por un negro, no, me negaba. Era demasiado fuerte para desatarme, luchaba pero era en vano, incluso sentía que sólo lograba excitarlo más.
“Después de esta noche, tu nombre será Francis y serás una de mis chicas, pequeño hombre perdido en la nada. No te preocupes de la gente. Por mí que a la gente de este mundo se la trague la abismal negrura del universo y nunca más vuelvan a existir. En público o no, serás mi cómplice, mi sacrifico, mi amante”.
“¡No! Por favor, lo suplico ¡NOOOOOOOO!” – rogué, no pude evitarlo.
                ¿Han alguna vez visto a un hombre llorando? Yo jamás. Lo que sí, es que lo fui. Mis lágrimas salían de cada lado de mis ojos, mi expresión era la de un niño y así de indefenso estaba y me sentía. Sólo cuando cayeron mis pantalones pude quedar mudo, temblando, casi epiléptico, sudando. Ante nada se detenía el negro.
“Una tela más… y serás mía” – declaró el negro.
                ¿Ahora qué? Grité que alguien me diera una bebida, una droga o cualquier cosa que me hiciera estar inconsciente, preferiblemente algo que me produjera amnesia y algo mejor sucedió.
“Alto ahí… ya está bueno de este espectáculo bochornoso” – gritó una voz seca.
“Oficial, esto es parte del espectáculo, él es muy buen actor…” – maldito negro.
“¿Qué clase de espectáculo?” – respondió el oficial
“¿El de un puticlub?” – dijo sardónicamente el negro.
                La policía me había salvado. Unos segundos más y adiós a mi virginidad de atrás. Pero lo peor era que había esperado atrás, estos agentes, que no son ustedes, habían estado ahí desde muchos antes, los vi entre la gente, los vi bailando y consumiendo. La policía no llegó, ya estaba ahí en la enfermedad de la vida nocturna. 
“Esto es demasiado cuerda de maricones, deténgase o les echo plomo”.
                Pocas veces en mi vida tenía tan buenas opciones. Aunque me hubieran disparado, no hubiera podido estar más agradecido.
                Detenerse ¿Detenerse? Jamás, era imposible, cómo habría yo de detenerme si lo que estaba en juego no era mi vida, si no, algo mucho peor, mi deseo por vivir. Si no contraatacaba, respondía o tan siquiera le lastimaba de alguna manera antes del final de esta pelea, a parte de la ineficiente botella, tenía que hacer algo. Me levanté del piso rápidamente, corrí hasta él en una carga rabiosa y cuando me acercaba vi algo que por su característica única no podría volver a ver en el tiempo que ha de restarme por vivir. Me dio la espalda levantando sus manos como si recibiera una ovación, se deslizó hacia mi haciendo el Moonwalk, que cualquier imitador de Michael Jackson que se respete, fue mágico, como si sus pies se deslizaran y el caminara tranquilamente hacia adelante, pero su cuerpo levitaba al lado contrario, dio una vuelta rápida antes de encontrarme y me clavó una patada en pleno pecho. Gritó alguna expresión de rabia o una especie de grito marcial. Yo salí volando ante el fuerte golpe y mientras estaba en el aire, adolorido, no podía dejar de pensar en que ese negro sí tenía estilo. 
                Caí sobre la mesa de tragos del bar, rodé por el impacto dentro de los territorios del Luisito, quién al verme muy humildemente me dio espacio para caer, y terminé cayendo sobre el asqueroso suelo. Quedé aturdido, lo único que recuerdo bien es ver imágenes borrosas, tratar de arrastrarme pero al hacerlo me llené de chicle pegado en el suelo, me falto el léxico y el tiempo para describir mi profundo asco mientras sacaba mis manos y pedazos engomados se estiraban en finos hilos mientras me trataba de desatar. Luego escuché unos disparos, unos tres o dos, ciertamente estaban muy cerca y alguno me hubiera matado de no estar detrás del bar. No hubo gritos, a menos que el negro de verdad fuera un macho vernáculo estoico-espartano, no creo que le hubieran dado sin dejar escapar algún gemido o reacción por el dolor y aún así lo dudaba. 
“Jamás me atraparan a mí, a Calixto Jacinto Vergara Vega” – dijo la voz carismática del negro.
                La gran forma atlética del negro se lanzó en un salto casi acrobático sobre el bar, cayó a un lado mano con una mano colocaba un pulgar en ademán de que todo estaba bien y con su otra mano se agarraba el sombrero. La gente en el bar estaba gritando, me preguntaba porque no le había prestado atención a esto, supongo que fue el único momento donde pude prestar atención a mis percepciones, la gente salía del bar, los policías gritaban y disparaban al techo balas de advertencia, algunas de los cuales inevitablemente pasaban muy cerca de nuestras cabezas y de no necesitarla para vivir como una persona normal, me habría asomado. Yo estaba nervioso, asustado, incapacitado ante un shock emocional demasiado fuerte, en los últimos minutos estuve a punto de perder la virginidad de una parte de mi cuerpo que debería ser casto para siempre. Realmente me podía identificar con aquellas mujeres que aparecían en los vídeos de los shows de drama real donde salían, con su cara censurada por una imagen borrosa de mi rostro o detrás de una pantalla donde sólo se viera mi sombra, diciendo “Era grande, negro y horrible… yo estaba tranquila, en el callejón, no hacía nada malo… cuando este malvado hombre, salió de la nada y me tomó como si fuera su prostituta barata…”. El causante estaba ahí, con una sonrisa cruel, yo aún me agarraba los pantalones pues no tenía la concentración suficiente para subir mi zipper y abrochar mi cinturón. Lo miré con odio, busqué un arma a mi alrededor, por suerte, justo a mi lado en el bar, conseguí un cuchillo cercano patrocinado por Luisito el Barman que corta limones con el cuchillo más afilado y grande de la ciudad. 
“Podemos seguir luchando entre nosotros o podemos postergar nuestras diferencias y unirnos con un fin común: - me dijo él – sobrevivir”.
“O puedo matarte y correr”.
“¿Sabes por dónde llevar a cabo la graciosa retirada?”
“No… pero te cortaré maldito, cortaré cada órgano venoso de tu cuerpo”.
“Uy… lo pones como un reto, pero debemos irnos ya que no podemos jugar con balas en nuestro cuerpos”
                Los sonidos fuertes me hacen cambiar de razón más rápido que la lógica profunda de un argumento basado en precisiones medibles: podrías darme una tesis que demuestre la verdad cierta de la existencia de Dios y tras leerla y comprenderla te diría que es mentira aunque no lo fuera. Ahora, si me dieras la tesis, y luego dispararas repetidas veces cerca de mí, te diría sí, Dios existe y quien se atreva a negarlo morirá en la hoguera. Por esa razón, debajo del bar, una bala rebotó cerca de mí y me convencí de que correr era una buena idea, siempre había funcionado en el resto de las situaciones de mi vida ¿Por qué no ahora?
 “Ok, ok, vámonos… pero nada de mariqueras”.
“Por supuesto mi mariposa radiante de bello resplandor” – y luego me lanzó un beso, lo hacía a propósito.
                Me tomó la mano donde llevaba el cuchillo, casi en cuclillas nos movimos por el bar, la gente corría y se dispersaban, los policías nos gritaron que nos detuviéramos pero los hierros en sus manos, todo el vodka barato que habían consumido y la marihuana en su sangre nos daban razones para correr. Un par de disparos dejaron de ser de advertencia, el primero le dio a uno de los pilares del club, el siguiente le dio a una muchacha que iba saliendo del baño con su novio después de una velada entretenida y sucia, el último de ellos me hubiera gustado que le diera al negro, uno precisamente en su entre pierna, un disparo que no lo matara, pero lo discapacitará para el resto de su vida, pero no, apenas le roso y él lo ignoró completamente. Como odio que fuera protagonista en la historia, a ellos siempre le fallan los tiros, las heridas son superficiales y siempre los quiere más la gente a pesar de su forma errada de actuar. 
                Torpemente le seguí, sosteníamos manos y ya parecíamos pareja, yo sólo apretaba el cuchillo junto a mis dientes rechinantes. Me dirigió entre varias puertas y pasillos, entramos a unos camerinos, ahí podía ver bailarinas exuberantes y exóticas que estaban en vestidos árabes lista para la danza del vientre. Había muchos espejos, una gran cantidad de luz a la cual mis ojos les costó adaptarse y vi al negro, en su traje de fiesta y zapatillas. Él hablo con uno de sus amigos y de Luisito, pues era otro homosexual de estos que florecen y se multiplican en exponenciales cantidades ahora, era el maquillador y encargado de vestuario.
 “¿Qué le dijiste negro de mierda?”.
“¿No crees que decir negro de mierda es un tanto racista?” – me respondió él.
“No, no es un poco racista, es mucho muy racista pero no debería ofender así a la mierda ahora que lo dices”.
“Oh, bueno, mi amor, deberías saber que no me siento completamente cómodo con ese sobrenombre, podrías llamarme obsesión azabache, jungla de asfalto, oro negro o como me decía Anthony, depredador de la sabana… y a veces las sabanas”.

                Ante nosotros llegó ese hombre, de cabello corto, complexión regular, vestido de negro en el cual todo era normal hasta que le mirabas el rostro, completamente maquillado, con rubor, pina labios y cejas demás. Había escuchado de gente dentro del closet y afuera, pero este parecía estar sobre el podio de un teatro con una cartel diciendo “Hazme tu hoyo de la gloria, por favor”. 
“Calixto – hablaba casi como si gimiera con cada sílaba- ¿Qué la pasa a tu amigo? Se ve así como 
fuchis, me mira raro y no me gusta ese cuchillo en la mano, me recuerda a Anthony”.
Fugaz en mí se creó una historia de un pobre joven que entró en el bar y su mundo cambió por el resto de su vida. Esto no era una violación, esto era uno de tantos de casos de un violador en serie. 
“No le prestes atención, la policía me sigue de nuevo ¿Dónde nos podemos cambiar? Ya sabes que siempre vienen a los camerinos”.
“¿De ahí eran los disparos? No, pensé que sería la mafia, pero ellos no arman tanto alboroto… bueno, cámbiense allá chicas”.
“¿Qué? ¿De qué nos vamos a cambiar?” 
“Tenemos que burlar a la policía, lo más adecuado para tal momento, es esconderse nuestra identidad”.
“Pero… pero… corramos, tomemos un carro…”
“Eso nunca funciona mi bella – como lo odio cuando me llama así- hay más policías afuera que dentro del bar… porque hoy no es domingo”.
Tocaron la puerta, eran golpes resonantes y fuertes que espantaban, casi como si trataran de abrirla con un martillo.
“Abran, esos maldito van presos, abran o tumbamos esta mierda” – dijo un policía.
                El maquillador estaba señalando una esquina con una mesa con un par de disfraces. Un pedazo de cuarto sin protección alguna ante los observadores unisex que podían ver sin más esfuerzo que abrir los ojos y, quizás, voltear la mirada. Además, había espejos, unos detrás de otros, no solo habrían de verme desnudo o expuesto, serían capaces de ver mis miserias al infinito por el reflejo perpetuo producido por los espejos. Era eso o entregarme a la policía, pero no podía imaginarme preso, preso con el negro en un cuarto cerrado por veinticuatro horas, era esto o nada.
“¿Cuál de los dos disfraces es mío?” – pregunté aceptando.
 “Aquel, mi bella dama”. – me dijo el negro señalando. 
“¡NO!¡NO!¡NO!”
                Debo admitirlo, cuando estoy con mis amigos me gusta hablar de todas las mujeres que he tenido, hablo acerca de sexo, de las actitudes que algunas mujeres poseen como un Casanova cualquiera y me gusta compartirlo con otras personas de mi género para darme aires de grandeza. He de ser sincero, cada vez que hablaba de una mujer diferente, en verdad, hablaba de la misma, lo único que era diferente era la ocasión. Mi vida sólo había tenido una mujer, al menos sólo una con la que puedo contar, aquella con la que tuve relaciones sexuales, las demás no eran relaciones serias, no existía el peligro del embarazo o transmisión de enfermedad sexual. Con ella, esa maldita, había tenido la oportunidad de hacer el amor en un parque, dentro del carro, en un baño público, en el patio de la casa de su mamá y en una ocasión, en un vestuario, justo como este, tan llenos de espejos, grandes bombillos destellantes, maquillaje esparcido, trajes tanto colgados como tirados, con olores tan variados de los cuales recuerdo el talco, maquillaje y el vinagre, siempre me pregunté la razón de ese olor. 
“¿Estás mirando el vinagre? El vinagre es para la ensalada papi” – dijo el negro interrumpiendo mis pensamientos. 
                En el negro, lo comprendía, pero esta sociedad se fue al demonio cuando hombres empezaron a llamarse entre sí papi. No lo entiendo, antes se usaban otros sobrenombres familiares para dirigirse a alguien, no papi. A veces sólo me gustaría gritarles que me llamaran señor, amigo, conocido, persona o tipo, por mí no hay problema, si algo no soy en esta vida, especialmente para esas personas, es su papi, no te crié, no estás hecho de mi semen, no estoy en una relación amorosa contigo y en caso de que así lo fuera le diría a la persona que así llamaba yo a mi padre, y prefiero recordarlo bonito. 
                Miré al negro, mientras terminaba de ponerme mi vestido, estaba tan asombrado de que cierta manera tenía la misma talla que yo, nunca en mi vida imaginé que tuviera un vestido de novia y menos de que existieran para mujer. Este blanco virginal no combinaba con mis bóxers, a lo que el negro había insistido en que retirara para que sintiera el tacto de lo que era seda de calidad. Preferí que esa parte de mí no fuera un tema de mi experiencia. Ajusté el vestido, el maquillaje fue rápido por parte de las manos expertas de Roberto, un brasileño experto en el asunto.
                En ese tiempo, la puerta se había abierto para los policías, los observadores escaparon instantáneamente ya que no se sentían en lo absoluto seguros junto a los servidores públicos, al ambos armados entraron sin saludar y pude escuchar como habían empujado al maquillador sin respeto alguno a su mariconería, fue un momento de sonrisa y de nerviosismo, ellos habían hablado en un interrogatorio innecesario y fue justo el tiempo necesario para que registraran todo excepto el vestuario, el cual habíamos decidido cerrar, lo único de sentido común durante la álgida noche. 
                Los policías abrieron el vestuario de golpe, yo ya estaba listo, el negro actuó sorprendido y dejo escapar un grito afeminado como si lo hubieran agarrado infraganti, yo sólo miraba sus pistolas que se mantenían mirando el piso al que le dirigía sus manos. El negro estaba de máscara traje de novio, mascara blanca y una rosa en el bolsillo, yo era la novia en su vestido blanco y Roberto que sostenía una cámara. Ellos vestían jeans desgastado, a uno de ellos bien se le había derramado una bebida o no había tenido tiempo para ir al baño, unas camisas de cuadro manga corta bastante desgastadas, un par de chaquetas negra que parecen haber comprado en el mismo lugar, la diferencia entre el uno y el otro, ambos gordos, pero un con barba de candado y trigueño, el otro más bien blanco y calvo. 
“Germán ¿Esto no son los dos maricones? – dijo el blanco. 
“No lo sé, no los pude ver bien, pero recuerdo ver la verga de uno”. 
“¿Qué quieres decir?” – respondió quien no era Germán. 
“Podríamos ver sus penes para ver si uno es como el que vi” 
“Por favor ¿De dónde sacas tú tanta mariconería?”. 
“Te estoy jodiendo, yo creo que sí son”. 
                A veces me pregunto si el libro de mi destino está tan lleno de estas cosas ridículas para entretener una audiencia a base de referencias de actos carnales, drogas recreativas, violencia y aquello que hace al mundo un lugar oscuro y peligroso. Germán estaba pensando, los dos hombres regordetes tenían duda, era un pequeño espacio para la creatividad. 
“Es una sesión de fotos, los hombres que buscan pasaron de largo, uno casi me daña los risos”. 
“Deja de mentir, seguro son estos dos los idiotas”. 
                El negro me pico un ojo, de nuevo, miró a los policías, se acercó a ellos y les dirigió la palabra. 

“Oficiales, yo les diré lo que sucedió con los criminales que buscan”. 
                En un segundo, puso su mano en la boca, pareció escupir algo entre sus dedos, los policías se veían confundidos, ahí comprendí porque no debes menospreciar a la gente, sobre todo si te encuentras en su territorio. El sonido de huesos rotos, golpes secos y gritos de pérdida de la consciencia fue un acto de un solo segundo, el maquillador había sacado un martillo de sus bolsos, por la espalda, de la manera más cobarde y sucia, le golpeo con el martillo primero sobre la nuca y luego lo pateo entre las rodillas. Al contrario de mis pensamientos, este hombre si había caído tras un solo golpe seco, quizás lo que estaba mal en mi teoría de desmayo con un golpe era la falta de un martillo. Germán reaccionó levantando pistola, pero el negro estaba listo, de su mano había sacado una hojilla y con ella le rajo los dedos del oficial. El dolor fue tal que soltó la pistola en el primer segundo, en el segundo siguiente pude ver puntas de dedos caer y la velocidad del momento dejo de ser lenta cuando el policía se abalanzo sobre Calixto tirándolo, el policía estaba sobre él y lo golpeaba con la mano buena, Roberto agarró al policía por detrás y el maquillador hizo magia solo vista en el cine con su arma de destrucción instantánea.

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