lunes, 8 de agosto de 2011

El Umbral: Sombras - Parte 1 (2008)

El Umbral: Sombras I

Mi abuelo en vida fue una persona como pocas, él llevaba la felicidad y el regocijo a cualquier lugar donde iba, era respetado por toda la comunidad médica por su praxis perfecta pero como muchos genios era muy solitario y cuando murió, su cuerpo podrido en el estudio fue descubierto varios días después de su fallecimiento. Yo era su heredero, su único nieto… que jamás le visitó y menos le conocía. Sin embargo, nadie nunca debería apiadarse de su alma, por lo que les relataré.

            La situación económica de mi país era grave; realmente siempre ha sido grave y precaria en el tercer mundo, me imagino que alrededor de los años cincuenta o cuarenta, con todas las enfermedades y las guerras mundiales en las naciones desarrolladas, hubo una época donde la situación no era grave y era diferente, sin embargo, es mi pensar que siempre hemos estado grave y siempre iremos a peor; y yo siendo un tipo práctico, de esos que toman las oportunidades tal como se las brinda mientras no haya demasiado que jugarse, decidí mudarme a su gran casa y hacerme de ella su dueño.

            Estaba acostumbrado a los espacios cerrados, a los pasillos pequeños, a pocas puertas, a lugares tan estrechos que con los sentidos era fácil saber todo lo que sucedía y podía distinguir el viento de una persona o a una rata de un insecto. Estaba acostumbrado a saberlo todo y a tener el control en mi viejo apartamento acogedor. A pesar de todo, en verdad, no era mío, le pertenecía a una renta que eventualmente fue demasiado para mí y tuve que irme aquel día que cambió mi vida.

Ese día que con la llave de la gran casa en mano llegué a su portal con mi única maleta en la mano. Era una gran reja metálica con un acabado de color bronce, parcialmente consumido por el oxido y sus rejas un tanto contorsionadas por el uso, obviamente, mi antecesor era una persona dedicada a sus estudios y, como es usual, descuidada para el resto del mundo. Por fin, me dije, un lugar que podía llamar hogar, un lugar donde estaría a salvo y podría descansar con tranquilidad, sentí una emoción por la futura calma y me sentí emocionado. Intenté abrir con las llaves que me dieron en la comisaría, usando una de las dos más grandes, para mi frustración, en un principio se trancó y sentí que se partiría en la cerradura, observé sobre la entrada, la cual abarcaba alrededor de dos metros de altura, para ver si simplemente la podía saltar al costo de un poco de sucio pero los puntiagudos finales de las cerca pronto me convencieron de lo contrario. Luché un tanto con la llave y vi que no abriría por método normales, hasta que estúpidamente me di cuenta que las llaves más grandes eran parecidas, mi emoción me alejaba del pensamiento lógico, probé la siguiente… y tampoco abrió, empecé a batallar con la puerta usando mi fuerza y salvajemente moviéndome sobre la fría puerta hasta que esta cedió repentinamente llevándome a caer por mi propio esfuerzo. Me levanté, sacudí mis ropas junto a mi magullado orgullo y miré mi destino, mi nuevo comienzo.

            Formada por dos pisos, ésta era una casa estaba escondida en una vecindad lejana al centro de la ciudad. La planta baja era bastante amplia, por lo menos tres veces más que mi apartamento tipo estudio, y la planta superior poseía los mismos espacios, además, salía de ella un hermoso balcón. El estilo decorativo de la casa era muy sobrio, con lo cual quiero decir que no tenía decoración en lo absoluto. El nombre de la casa estaba gravado en la madera cerca de la puerta principal, Clarissa, me pregunté si era la amada de alguien o quizás la hija… nunca entenderé totalmente a los hombres que le colocan a sus pertenencias nombres de mujer. Pocas veces en mi vida había visto una entrada compuesta por dos puertas paralelas, sólo lo había visto en novelas cuando se entra una casa rica, no teniendo mucha experiencia con ellas, traté de abrirlas, pero me di cuenta que sólo cedían en dirección a la casa.

            Una vez dentro del lugar, dejé la maleta en suelo y mientras avanzaba me di cuenta de algo espeluznante, algo que crispó mi piel en pleno día. El piso se sentía hueco, con cada paso escuchaba el rechinar de la madera era más intenso, pero no sólo era eso, sentía que mi peso no sólo afectaba el piso, sino las paredes, el techo, las puertas, como si todas las piezas de madera que constituían la casa del abuelo… mi casa... crujieran entre sí, por un momento me paré y miré alrededor, todo estuvo en silencio. Viéndome en la sala, vi el espacio tan grande a mi alrededor, algunos muebles viejos se posaban en círculos y bajo de ellos alfombras marrones, había una escalera directa al segundo piso y varios cuartos en la parte inferior. Exploré la casa rápidamente en su parte inferior con ese maldito sonido persiguiéndome, ese crujir tan desesperante, era como si la casa amenazara con desplomarse sobre mí. Estremecido por esta percepción sentí una brisa helada atravesando mi cuerpo y cuando volteé no había nadie, sin embargo, sin duda, algo restaba escondido en lo invisible. Pasé el resto de la tarde recorriendo las habitaciones, detallando cada uno de sus antiguos muebles y extrañas decoraciones. En mi recorrido, principalmente, me atrajo el olor a viejo; esa fórmula de polvo, telarañas y humedad atrapados por años de desuso que hacía notorio la falta de vida en mis aposentos. Parecía que al haber cruzado el umbral de la puerta había sido atrapado en escenarios de fotos antiguas de colores que se han oxidado perdiendo sus tonos naturales a un triste y monótono marrón, aprisionado en el andar de las horas y tan inquietantemente quieto que me daba la impresión de que yo mismo estaba tan muerto como mi abuelo.

            Llegó la noche con su lluvia y ésta me encontró tendido en la cama. Todo el trayecto desde el centro de la ciudad, a las lejanías de mi nuevo hogar había sido agotador. Mi único deseo era yacer ahí hasta que un nuevo día me forzara a pensar. Dejé todas las luces que podía encendidas. No tenía nada de qué preocuparme pues había renunciado a mi empleo, ya que la herencia era suficiente como para vivir un par de años sin trabajo alguno o como la clase media prefiere, un colchón de seguridad. La tranquilidad era total, el silencio absoluto y la sensación de ser sólo un gran punto en la nada plena… pero soy un cobarde y por las noches no puedo dormir.

            Cada vez que intento cerrar mis ojos a la oscuridad dejando que el tiempo pase lentamente hasta que venga el sueño a mí, algo más me fuerza a quedarme en vela. Son sonidos desconocidos que me obligan a descubrir su fuente en mi mente: Y son las puertas al cerrarse y abrirse que me hacen creer que un hombre me ha seguido de manera sigilosa hasta esta casa, que ha entrado clandestinamente en mi hogar y sólo me alerta de su presencia con pequeños pasos sobre la madera; y son las sombras perturbadoras que me observan al dormir con sus siluetas corniformes, las cuales al dejar de observar se deslizan por mi espalda acercándose cada vez más para estrangularme como tentáculos procedentes del mismo abismo; y es el viento que choca contra mis grandes ventanales, un grupo de espíritus perturbados llenos de ansias de transformar mi alma en una de ellas, detenidos por un velo físico insignificante para lo etéreo pero capaz de detenerlos en su confusión y con un único deseo de desgarrar mi piel de manera fantasmagórica; y es el chillido de animales silvestres en mi patio lo que me hace sentir ser invadido por insectos a millones escondidos en los lugares más recónditos, esperando que cuando me entregue a los brazos de la inconsciencia vayan sobre mí y no dejen alguna carne para mi sepulcro; y es esta maldita residencia con sus decoraciones antiguas, lleno de objetos encantados por ciencias ocultas con historias grotescas que están esperando desatar sus mil maldiciones sobre mi lecho. Así es como ante estos demonios nocturnos cierro mis ojos y espero a la aurora. Por eso, para mí dormir es sólo un sueño.

Al amanecer, me levanté con mis profundas ojeras, tan cansado como el día anterior y con una sensación de la falta de un final entre los días. Bajé hacia la sala utilizando las escaleras y contemplé cuanto pude, al llegar la luz, mis monstruos se habían esfumado y estaba tan sólo como el primer día. Me di cuenta que el periódico había llegado bajo mi puerta, sin yo haber hecho nada en absoluto para que esto pasara, lo recogí con curiosidad y pude ver las noticias de hoy en día, con un asesinato en la portada, un deportista de segundo en tamaño y varios cuadros que se perdían entre noticias políticas y propagandas insípidas. Fui a la cocina, de entre mis maletas saqué una bolsa de café y la preparé con agua del lavaplatos en una vieja cafetera, que por fortuna, servía. Me senté en la mesa de la cocina, sin más nada que hacer, y observé las noticias una por una. Un anuncio captó mi atención, este decía “Madame De Sair, Clarividente y Dadora de Deseos. Servicios a las 24 horas.”, mi primera opinión fue la de pensar que era una prostituta barata con un tema místico ya que el anuncio estaba decorado con símbolos exagerados y ridículos, además de dar una dirección extraña y asegurar que el precio era “mínimo”. Entonces, una brisa de aire, me arrebató el periódico y salió volando, volteé a observar la procedencia del aire y pude ver a mi viejo abuelo como una imagen traslucida de mirada penetrante… fue un momento, sólo lo vi un momento, y desapareció enseguida. Ese espacio de segundos fue demasiado largo para ignorarlo, demasiado corto para creerlo verdad.

            De tener a donde escapar, lo hubiera hecho. Tan sólo un día en esta casa, y además de mi común paranoia, ya estaba viendo cosas. No deseaba usar el dinero que tenía para rentar otro lugar ya que perdería mucho en el proceso. A pesar de todo mi escepticismo crítico y mis intentos continuos de sentarme, respirar profundo y relajarme, mi corazón latía tan rápido... Sentado en el sofá de la sala lo pude ver, como la mayoría de las casas antiguas, este lugar estaba maldito. En todo caso, siempre fui un hombre lógico, a pesar de mi locura, lógico a pesar de mi paranoia, y pensé que debía darme más tiempo antes de tomar una decisión apresurada, debía meditarlo y darme cuenta si abandonar este lugar era lo más seguro, pero esta sensación era tan mía, tan propia que seguramente nada me la quitaría. Sólo me restaba intentarlo un par más de días si es que sobrevivir podía…

            Con mi cuerpo hundido en el viejo mueble, el calor del medio día comenzó a invadir la parte interna de la casa. La visión comenzó a nublarse, mi cuerpo sudaba suavemente sobre la tela del asiento y una sensación ser atontado por el ambiente me tomó. Mi cabeza se balanceó de un lado a otro y pronto el adormecimiento fue demasiado, levanté la mano mirando el techo y pude ver pequeñas formas de polvo de la casa en las líneas de luz solar que entraban por las imperfecciones de la madera de la casa, mis ojos decaían con esa imagen y finalmente encontré descanso.

            Repicó el teléfono. Yo lo escuché, pero no deseaba responderlo. Dos segundos después, volvió con ese sonido, el calor, el sudor, el cansancio y toda esa combinación era confortable y no quería escapar de él. Unos instantes, el maldito aparato continuó. Tomé una almohada sobre mi rostro. Esa cosa nunca paró. Me levanté molesto y respondí.

- ¿Qué? ¡¿QUÉ?!

-…¿Mauricio?... – dijo una voz suave de mujer.

            Se me hace difícil explicar los mecanismos bajo los cuales funciona mi mente. Uno está ha sumergido en su propio mundo, en esta casa, en mi abuelo, en todo esto y de golpe, ella llama. Su imagen viene a mi mente, su rostro moreno, los ojos de canela y su amable forma de expresarse, su grácil silueta y los momentos que hemos pasado… mi furia original se desvaneció y no pude pero sentirme enternecido más allá de mi control y le respondí.

- ¿Vero? Sí, se me olvidó llamarte…

- No, no hay problema… -ambos hablamos casi al mismo tiempo.

- ¿Cómo has…

- …has estado? – dijimos interrumpiéndonos.

Hubo un momento de silencio que nos permitió saber que nada de ese preludio era necesario.

- ¿Has podido dormir? – dijo ella finalmente.

- No, en lo absoluto…

- Mau, tienes que dormir.

- Los…

- Sí, sí… ambos sabemos, pero quiero decir que hay que hacer algo definitivo acerca de eso.

            ¿Cómo puedo decirle que interrumpió mi sueño? A Vero, a ella no le podía decir eso. Es de esas mujeres especiales de las que su hobby y profesión es ayudar a la gente de la manera más sincera que tiene, incapaz de decir una grosería y siempre correcta en lo que dice. No, no podía decirle como su llamada interrumpía mi último atentado contra el insomnio… matutino. Además, si algo había aprendido de útil, era evitar comenzar una pelea… las cuales comienzan siempre con una crítica inocente.

- No quiero intentar las pastillas.

- Mau, te entiendo ¿Pero qué otra idea tienes?

- Superarlo… aguantarlo… no sé. Esas patillas me hacen sentir como un drogadicto… y luego de dormir, me dan jaqueca y sabes cómo odio la jaqueca.


- Son perfectamente normales. Vamos, intenta de nuevo. Ya fuimos a doctores, psicólogos, psiquiatras. ¿Qué más quieres? Todos están de acuerdo en las pastillas.


- Quiero una segunda opinión…

- ¿Pagaras otro doctor? No puedes depender de tu herencia… sabes que tenemos proyectos y el dinero no se puede usar alegremente.



El proyecto. No, yo no tenía ningún proyecto. En esa conversación yo sólo había sido culpable de estar presente y asentir, fue un día de lluvia en que estaba cansado y ella quería hablar, como siempre no fui capaz de llevarle la contraria.


- Sí… tienes razón, pero veré a esta doctora.


- ¿Cómo se llama?


- Tiene un nombre que parece francés... De Sair, De Seir o algo así… voy hoy…


El periódico estaba ahí, tirado en el piso y lo recogí. Tan perfectamente colocado y el anuncio se me aparecía de nuevo. Necesitaba solucionar este miedo. Nada me lo había quitado y no esperaba que una bruja lo pudiera hacer… pero si no lo llevaba a cabo, Vero se daría cuenta, lo vería en mi manera de hablar, empezaría a dudar y a hablar entrecortado. Escuché el sonido de trasfondo de gente llamándola.

- Ya debo irme. Mau, vuelvo a la ciudad en un par de días. Veas o no a esta… doctora. ¿Me juras que si no puedes dormir, tomarás las pastillas?


Tarde ya, las pastillas yacían en lo más profundo de mi antiguo apartamento, sucias e intactas. Contemplé la idea de la “madame”, le di varias vueltas e imaginé las posibilidades de lo que podría pasar y me di cuenta de dos cosas, primero, no era muy lejos de aquí, segundo, estaba completamente aburrido, la idea comenzó a tomar forma en mi mente. No dejaba de ser absurda, caminé mucho alrededor de la casa, empecé a ignorar el sonido perturbador y buscaba la manera de que todo saliera bien… ente yo y Vero. Una idea vino a mí, podía ir a que la tal madame, la vería, charlaría con ella un momento y, luego, me iría, tendría mi cuartada de haber ido… pues realmente iría. Debido a que se me es imposible mentirle a Vero, le diré la verdad de que fui a una clarividente buscando alguna solución de mi problema como un hombre desesperado y débil que lucha para mejorar y ella lo aceptará, me verá dolido y frustrado ante mis acciones, su generosidad se abrirá, pasaremos una buena noche y no tendremos esta conversación en unas semanas… hasta entonces, no tendré que buscar nada más. Sí, sólo me queda mentir ante el miedo, no sé qué haría sin Vero.

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