lunes, 8 de agosto de 2011

El Negro - Parte 6


“Los policías como cualquier autoridad viven de la sociedad como una imagen de respeto, la cual puede caer si simplemente le cambiamos la ropa, les ponemos suficiente alcohol y en el cuerpo y los dejamos escondidos en algún basurero”.
                Con sus amplios brazos que podrían cubrir a una familia entera, Calixto Vergara Vega, me dio un fuerte abrazo y me beso, con la guardia baja, los sentimientos confundidos, no pude evitar que su lengua practicara lucha greco-romana con la mía y que… me rindiera, por tan sólo unos segundos. Lo hubiera lanzado a un lado, si no fuera una gigantesca masa de músculo, así que apenas lo moví.
“Déjame en paz, maldito negro”.
“Tu boca dice que no, pero tu cuerpo me habla de pasiones frustradas escondidas en los océanos más profundo de tu ser, habla de misterios de la piel con la carne y de cuerpos que se moldean hasta fusionarse uno con otro como barro destinado a convertirse en eterna arcilla”.
                Abiertamente se ha considerado algo apreciado el ser una persona estudiada y de amplio vocabulario, pero cuando te das cuenta que toda esa instrucción tan altiva no sirve más que para conseguir romances homo-curiosos en un bar de mala muerte puedes palidecer ante la abominación que puede ser la cultura. Luego horrorizado me vi en el espejo y me di cuenta que no hacía una buena novia de blanco… ese color no era para mí, quizás fucsia. Sacudí mi cabeza ante los entreverados camino que pude tomar y me cambié decididamente por mis ropas roídas. Mientras lo hacía, podía ver el grupo del maquillista, Roberto y los otros tarareando Womanizer, en la versió de Britney, mientras lo hacía.
“No hay nada de gracioso en esto”- dije.
“Pero si mucha gracia” – respondió el negro.
                De vuelta en mi traje de un hombre completo, arrastramos los cuerpos por la parte posterior del bodrio ese. Había un carro, uno viejo, tenía un nombre en inglés que sonaba y olía a viejo: Majestad, Emperador, Impala o algo por el estilo. Era grande, bien mantenido, de un color dorado y la placa era “004-MEN”. Hasta entonces nunca había sabido cuán difícil era encajar a dos viejos detrás de una maleta, aunque fuera grande. En un momento, uno de ellos pareció recobrar la consciencia y el maquillista se alarmó como si fuera la primera vez que viera una cucaracha volando y lo remató hasta llevarlo al mundo infinito de un mal día por la noche.
                Abrimos las puertas del carro. Una vez entramos en el vehículo, el Negro tomó el volante y me dedicó una mirada mientras de una manera curiosa trataba de buscar la palanca y yo por toda respuesta bloqueaba la entrada a mis miserias.  El maquillista y Roberto afuera se despedían.  
“¿No van con nosotros?”
“Ni por puta casualidad vamos con ustedes” – dijo el maquillista mientras Roberto nos lanzaba besos.
El negro encendió el carro.
“¡Pensé que era nuestro crimen, ustedes están implicados!” – les grité.
“Alguien se tiene que quedar a limpiar” – mencionó Roberto.
“Le diremos juntos al bedel que use cloro y Diablo Rojo” – completó el maquillista.
Era muy tarde para responderles. Estábamos encaminados por la larga carretera, sus avisos, sus luces y su cielo sin estrellas, el punto de cambio perfecto entre  yo, el negro y dos cuerpos liposos soñando sobre bodas en el capo. Pasamos una gran cantidad de calles, solo haciendo un zigzag como para perder los fantasmas que podrían seguirnos. Buscabamos algún callejón extraviado de la ciudad. Él empezó la conversación.
“Dime claro y oscuro de mi alma ¿Por qué en el bar?”
“Me gusta pensar que el alma es colorida.”
“Podemos tener las discusiones que quieras luego… dime, pollón de mis kilos ¿Qué hacía un hombre tan buen mozo en el bar.”
“No soy buen mozo”.
“Si te crees feo es que te has visto demasiado en el espejo y muy poco has contemplado esa inteligencia radiante que chisporrotea de tus labios cuando hablas y del silencio cuando callas”.
“Gracias por el halago, no me pareces buen mozo, más bien eres buen mono”
“¿Por qué tan racista tú mi lindo?”
“¿Por qué tú tan negro?”
                Y por más que seguí esta conversación estúpida que era más una lucha emocional por no emocionar nada, el negro insistió lo suficiente como para deshacerse de mis distracciones.
“Dímelo ya ¿Qué hacía un buen puritano en el bar? Ni siquiera tienes ojeras, el alcohol aún te sabe fuerte y agrío como a un niño, no me mientas”
“Me dejó mi mujer, quería tratar de olvidarla como los Vallenatos dictaban ya que mis propios medios no habían funcionado. Quería sacármela del pecho como se saca la bilis, vomitándola porque no merecía otra cosa”.
“Siempre tan escatológico. Hay más cosas que las entrañas y sus líquidos en la vida.”
“Pero nunca nada tan expresivo.” – le respondí.
“¿Por qué te podría dejar una mujer a ti? ¿Ah? Eres un caballero inteligente, apuesto, capaz…”
Yo interrumpí sus argumentables elogios.
“Me dejó por un hombre.”
“Oh, la entiendo perfectamente.” – dijo el negro.
“Tenía una moto, cabello largo y sueños de aventuras que yo jamás tendré.”
“Es difícil argumentar contigo, mi querido.”
“¡Wow! Siempre he querido saber porqué…” – dije con desdén.
“¡Porque eres muy bueno haciéndolo!”
                Las luces del carro metálico dieron con el que fuese el más oscuro, siniestro, alejado y por más perdido de los callejones. Entre dos edificios extremadamente poco importantes, rodeados por un vecindario demasiado apático y lóbrego, de esos donde los perros ladran sin piedad pero son incapaces de saltar sus barandas. Sin embargo, había algo demasiado familiar con esto.
“Aquí es perfecto” – le dije para que parara nuestro viaje.
“Sí, pocos lugares son tan perfectos. De esos que James Joyce llamaría “los rincones más improbables para el amor”, me encanta. ¿Lo aprovechamos?”
“Tenemos dos cuerpos en el carro.”
“Eso es una cosa efímera.”
“¿De qué hablas?”
“Es filosofía. Hablo de la vida, del cuerpo, de lo material. Solo lo que resta dentro de nuestra sinapsis cerebral es lo que nos llevaremos por el resto de la eternidad”
“Maldito negro, me cago en ti, en lo material y lo efímero, me cago en el mundo, me cago en tu homosexualidad, me cago en las sinapsis me cago en esta sociedad, me cago en la desnudez de los Griegos en sus olimpiadas, me cago en Dios si existe uno, me cago en Nieztche, en Descartes, en Hume, en Sartre, y como sea que se pronuncia su nombre, y a todos por igual para que no se moleste Marx. Yo solo quiero que me dejes en paz.”
“Me excita cuando eres soezmente cultural” – dijo casi babeando.
El negro se acercó a mí en la parte delantera del carro mientras pensaba que quién hubiese diseñado estos malditos modelos donde se conectan los asientos y no hay una división merecía la peor de las muertes. Abrí la puerta del co-piloto y salí respirando hondo. El negro salió por el mismo lugar agradeciendo que le hubiera abierto.
“Saquémoslos y coloquémoslos al lado de la basura.”
                El negro y yo cargamos a los desmayados hasta el fondo del callejón, colocamos la basura sobre ellos para ocultarlos y observamos el vecindario y sus edificios en búsqueda de algún fisgón, de alguna alma aburrida que pudiera descubrir nuestra coartada. Nada. Ni hombres con telescopios, ni pervertidos con binoculares. Éramos un secreto enterrado bajo una terrible coartada. El negro fue al carro y volvió, tomó una botella de ron y la derramó sobre ellos. Nos miramos como si el trabajo estuviera casi completo y él levantó una mano mostrando un encendedor encendido. Le hice un ademán de no, no quería matar a ningún hombre esa noche.
“¿Qué deseas hacer con las armas?” - preguntó mostrándolas.
“Dame una y quédate la otra, luego, en un lugar apropiado nos desharemos de ellas, ni por casualidad se las pienso dejar”
Caminamos de vuelta al carro. 
                Ahí contemplé mejor el lugar, lo conocía, estaba cerca del apartamento de mi ex novia, mi ex mujer, mi ex todo. No podía olvidarlo, era el único lugar, yo que siempre me pierdo, que conocía de la ciudad por las veces que lo había explorado. Maldita sea, lo odiaba. Había terminado donde había empezado, tratando de perderme para encontrarme y descubrir que tras de toda mi parafernalia sentimentaloide era un idiota sin remedio.  Me di la vuelta reconociendo cuanto conocía.
“Negro, aquí vivía ella. Conozco estas calles. Aquí a unas cuadras nos dimos nuestro primer beso, cerca de este lugar yo me enamoré ¡Odio este mundo!”
“No te llenes de odio. Llénate de amor. La falta de amor solo puede ser llenada por más amor, no por menos.”
“Sabes, negro. Yo nunca he querido otra cosa que amor, te explicaré, desde pequeño siempre quise ser el mejor hombre que pudiera y hacer a la mujer que llegara a mis brazos feliz, que no supiera de golpes, de peleas absurdas, de superficialidad, de desafecto, que se sintiera feliz y agradecida de la existencia porque todo lo que he conocido ha sido decepción, vacío y aburrimiento.”
Él se puso la mano en el pecho.
“Enternecedor. Pero…”
“Pero nada” – lo interrumpí yo – “Lo que sucede, Negro, es que yo nací para odiar. Yo me regocijo en el odio de una manera que no tienes idea. El rencor me hace crecer, la tirria me alimenta, la aversión es mi modus pensantis, detestar me hace fuerte, la discordia me completa, la rabia es la mejor de mis caras y el desprecio ha conocido mis mejores días. La única razón por la que amo es para tener razones para aborrecer, para no volverme loco y matar a alguien por ahí, para rechazar mis pálidos sentimientos y no aceptarlos como mi verdadera naturaleza. Porque sé, porque siento, porque estoy seguro que luego de haber amado mi odio podrá crecer sin límites, pero esto es demasiado absurdo, demasiado tonto para un mundo tan cultivado y alejados de las simplezas del disfrute”
“Creo que el peor de los psiquiatras te encontraría loco de remate, yo te encuentro encantador. ¿Por qué no descargas todo ese odio que tienes por dentro?”
Él se acercó a mí lentamente. Yo levanté el arma que el mismo me había puesto en la mano y la apunté en su rostro, como en las películas me aseguré que el seguro estuviera libre y me preparé para enviarlo directo y sin escalas a quinto infierno, pero muy dentro de mí sabía que le debía algo, me había salvado la vida. El seguía su camino confiado de que no podría hacerlo. No quería matar un hombre esa noche, pero el negro, el negro estaba muy lejos de ser uno.
Entonces, apareció antes de que el gatillo me sedujera. Un hombre en una moto, delgado, de cabellos largos dorados y con grandes ojeras. Me miraba, no usaba casco porque era extremo, pero ese perfil lo conocía en cualquier lado: Francisco.
 “No, no lo mates. Entrégale el celular hombre o el dinero o lo que sea.” – dijo Francisco.
“Deus Ex Machina“- dijo el negro.
Era él. Su presencia era terrible. Si alguna vez tuviste un juego al que amabas, un deporte, un hobby competitivo sabe muy bien lo que puedes sentir por aquel que te gana. Este hombre me había ganado en el juego de la vida. Era como sentirse una pobre peste ante el héroe de la historia, sentías que básicamente, tu puesto en este mundo era existir para que la grandeza de ese hombre fuera mayor.
“Tú… tú me la quitaste desgraciado”
“Ricardo… ¡No! Hombre, no tuve nada que ver, no sabía de ti, supe después.”
“Oh, vaya, el triángulo se cierra. Menage a trois suena fantástico. Querido, no lo mates, piensas en las posibilidades”.
Francisco trató de salir en la moto, yo le disparé un par de veces en las ruedas y cayó junto a ella sobre el pavimento. Su cara me veía asustado y colocaba las manos al frente como si con ella pudiera detener piezas metálicas calientes que cruzan el aire a velocidades impresionantes.
“No… no me dispares.  Esto es entre tú y ella. Yo… yo soy inocente.”
Yo lo observaba. Cuantas cosas tenía que decirle, cuantas cosas quería hacerle sentir, quería hacerlo miserable, quería que comprendiera, que entendiera… luego, me di cuenta, nada de eso cambiaría como me sentía, solo una cicatriz más con la que vivir… y las cicatrices se ven bien. Y si lo mataba ¿Qué? Pues… ella quedaría sola y estaría justo como yo.
“No me vas matar, ella me dijo que eres un buen hombre”
“Callate” – grité – “Si soy algo, es un hombre bueno llevado a la desesperación y la locura y si no lo sabes, eso hace a un hombre muy muy muy malo”.
Le apunté en el rostro para desaparecerlo y llevarlo a que su creador respondiera la razón de su vida. Y pensé en ella.


“Hoy no morirás Francisco aunque te aseguro que pocas cosas desearía más como acerté comer vidrio o patear tu rostro con la boca abierta sobre la acera”
Baje el arma. Lo miré contemplativamente. Cerré los ojos por un momento y limpié mi sudor con el arma. Estaba fría. Escuché un movimiento rápido, abrí los ojos, Francisco me atacaba con un navaja que no sé dónde había ocultado todo este tiempo y antes de llegar a mí, descuidado, escuché un solo tiro que casi revienta mi tímpano. El negro le había disparado en pleno pecho. Parte de la sangre salpicó sobre mi rostro.
“Nadie se mete con mi macho” – dijo el negro apuntando el arma.
“¿Qué carajos has hecho?”
“Lo que tenía que hacer, no podía permitirle que te hiciera daño… más daño.”
“Lo has cagado todo, Negro.”
“Era tu vida o la de él, mi amor.”
“Lo has cagado todo, por completo”.
“Hice lo que tú no pudiste”.
“¿No lo entiendes? Él, para mal o bien era mi reemplazo ¿Ahora quién la hará feliz? Lo que yo jamás pude hacer. ”
Francisco se retorcía del dolor por el plomo que había atravesado su cuerpo. Un pequeño riachuelo de sangre caía por la calle, pero se arrastraba lentamente tratando de escapar.  La verdad, aunque mi deseo de venganza aún restaba, hoy, había comenzado a olvidarla, matarlo, solo la colocaría como un tatuaje sobre mis hombres que jamás podría borrar.
“Lo siento, solo reaccioné ante el momento y el momento era difícil, créeme”.
                En ese instante tenía el arma en mi mano, observaba al hombre que me había quitado el amor de la vida y al negro que estaba en frente de mí. Yo solo quería olvidarlo todo, quería dejar atrás mi vida, miré al hombre, probablemente hombre muerto en si no se le ayudaba y miré al negro disculpándose. Juro que levanté la pistola en frente de ambos y los apunté. El negro cambió de actitud hacia mí.  
“Lo siento, -dijo el negro- te quiero, pero la noche se hace corta y mis ganas de compañía decrecen, si entiendes lo que digo, es hora de dejar atrás lo nuestro y ver el maravilloso e iridiscente futuro. Amor de una larga noche, te amé cuanto pude, pero la noche se hace día y del sueño todos debemos despertar”.
Escuché el primer ¡BANG! El disparo paso por un lado de la cara, nunca había visto a la muerte a la cara, pero esa vez le había visto al menos las patas.
El negro había levantado su arma ante mí y lo supe todo. Me había estado mintiendo, me había estado engatusando como una prostituta de bar, cada vez que me decía “mi amor”, cada vez que halagaba mi inteligencia, cada vez que todo él mentía solo por tener mi culo.. Eso no lo pude permitir, él disparó, y yo disparé. Las balas entrecruzadas se conocieron en los caminos del aire y por un segundo casi se rosándose.
Yo era pequeño, desgastado y poco atractivo, por el contrario, el negro era fornido, alto, musculoso y llamativo, lo que lo hacía un objetivo fácil. Sus disparos fallaron perdiéndose en las sombras y escuché en los últimos gritos desesperados de su muerte “Perra” y yo solo pensé que “espero te guste la rabia”. La dificultad que tienen muchos seres humanos para tomar la iniciativa en algo nuevo y extraño es exclusivamente comparable a su disponibilidad para cometer actos que ya ha visto hecho en manos de otros que lo rodean. Sí, lo maté y lo disfruté, porque a veces en este mundo lleno de felicidad y buenos deseos existen razones también para matar, lo más genial es que era en defensa propia, pero todo mi discurso del odio se había ido por el drenaje y mejor aún ya ni me importaba ella, la había olvidado, carajo, la había superado por fin pues el mundo presente me había nutrido más mis venas de sangre corriendo de lo que jamás ella pudo hacer. 
Vi a Francisco.
“Lárgate, piérdete, arrástrate como la alimaña que eres y agradece que Ricardo Díaz te perdonó la vida”
Luego, desapareció por donde había venido en cuatro patas, yo que dé ahí arrodillado, alguna bala le dio a una alarma de un carro maldito y sonó sin parar, con una extraña música mexicana de la cucaracha, por casi una hora al mismo tiempo que yo no pude parar de reír. Al fin, los taciturnos residente del lugar salieron, alguno habrá llamado a la policía, número que nunca conocí en mi vida, y luego, luego llegaron ustedes.
El detective me mira con esa cara, sus ojos profundos, anotando quién sabe que en un papel y quizás escribiendo mis diferentes trastornos, por diversión propia, por una tarea, quién sabe porqué, solo soy otro caso encerrado en un libro misterioso de psiquiatría donde me ponen como ejemplo perfecto de un síndrome. Hace un gesto como esperando más de la historia, yo le respondo.
“Eso es todo, Detective”
“Fue todo un viaje tu salida nocturna” – dijo el detective.
“Sí, fue un viaje de ida y venida.”
“Tenemos una joyita acá, jefe. Deberías intentar escribir un libro” – dijo el policía uniformado.
“¿Tú acaso lees?”
“Esperaré la película”      
“Leer es bueno. Puedes comenzar con un folleto, son fácilmente digeribles.” – le respondo.
                Detrás de ellos un par de policías más se acercan y les dicen a los que me interrogaban que habían encontrado los cuerpos de los policías. Al parecer, vivían, probablemente mal, pero lo hacían. El maldito baño de interrogatorios con su olor parece la peor de las torturas.
“Los policías están vivos, en el hospital, por si quiere saber.”
“Ya me había olvidado de ellos, ya me olvidé de todo.”
“¿Estás consciente cuantas felonías has cometido?” – me dijo el detective.
“No lo sé, pero me gusta el 7, es  un número groso”
“Haciendo, bromas, es bueno saber que estás de buen humor al menos. Solo te digo que pasarás el resto de tus días en una cárcel pudriéndote.”
“Yo le tengo una pregunta, Detective, ¿Acaso usted en su vida, en su matrimonio, en todo en general se siente muy fresco?”
“¿Qué trata de decir?”
“¡Está loco!” – espetó el uniformado.
“No sé si lo sabe, pero todos tenemos un punto en el que nos elevamos y nos sentimos grandiosos, luego de eso, todo decae. Lo más importante en la vida es ese punto.”
“Claro ¿Y?”
“Pues siento que usted tenga que pudrirse en su vida y jamás estar donde yo he estado porque a lo mejor crea que estoy loco, pero si algo sé, es que esta noche he sido feliz y lo demás, serán páginas olvidadas en la nada.  Usted es el que se pudrirá detective.”
“¡Jajajaja! Idiota, ya cállese, se encarga oficial, debo reportar todo.”
El detective sale de la habitación. El uniformado me cachetea un par de veces. Es tarde para  el oficial, se ve somnoliento. Antes de salir a descansar y dejarme a solar  me mira sonriendo como si fuera la peor bazofia de la vida y me pregunta.
“No te preocupes a dónde vas habrán muchos negros”
“Lo sé, tan solo espero que me quieran de verdad.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario